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Valladolid
Jerez de los Caballeros está lejos de la ciudad de Valladolid, pero no tan lejos del otro Jerez, el famoso Jerez de la Frontera, el Jerez que trae a la memoria imágenes de hermosos caballos españoles y buen vino. Jerez de los Caballeros se asienta en una colina cerca de Badajoz, en el sudoeste de España, no lejos de la frontera con Portugal. Durante las pocas horas de mi vida que permanecí allí, puede comprobar que era un pueblo agradable y pintoresco. Un lugar espléndido para visitar en primavera, hacer fotos de sus casas encaladas y calles de adoquines que bajan voluptuosamente hasta la intrincada carretera que cruza el valle. ¿Qué hace el Juli en un pueblito como éste? – Quiso saber Maria. - Esa, es una pregunta interesante, pensé. Los Barcos, Juan y Maria son pareja española encantadora, que además son muy taurinos, y esto significa que se toman muy en serio el mundo del toro. Julián López Escobar, “El Juli” además de ser uno de los mejores matadores de España, es un gran amigo de esta pareja. Entonces, ¿Qué hacia toreando en esta villa? Supongo que Maria me hacia esta pregunta porque a la sazón yo estaba viajando con su cuadrilla y podría tener información de primera mano. Había conocido a el “Juli” hacía ocho años, y siempre he sabido que el joven torero enfoca su categoría de una forma profesional. “El Juli” entrena todos los días y su pasión, su deseo de estar delante de un toro desde los diez años son legendarios. Siempre he creído que si pudiera, se enfrentaría a un toro, todos los días y en cualquier parte del mundo. “El Juli” posee un talento increíble. A diferencia de muchos de nosotros desde muy temprana edad sabía lo que quería hacer con su vida, torear, enfrentarse a los toros en una plaza. Y está viviendo ese sueño, es muy bueno y disfruta haciéndolo. A la edad de veinte años, apenas 5 años tras tomar la alternativa, ¡es uno de los mejores toreros del mundo! Quizás aceptó este contrato, para mantenerse inmejorablemente en forma, una parada más durante la larga temporada. Una tarde, en México, “El Juli” había ya tentado cinco de siete becerras. Y gozosamente hubiera tentado las otras dos si no fuera porque el otro matador insistió en que le dejara algo. Cuando la tienta terminó en Santa Maria de Xalpa, el rancho donde pasábamos el día, el ganadero gentilmente nos invitó a almorzar en el patio, al lado de la plaza de tientas. Tras el almuerzo, cuando los invitados comenzaban a marcharse, y el grupo se redujo a los íntimos, los pocos aficionados que no quieren ver terminar el día y se sientan en animada tertulia alrededor de la gran mesa. A veces, la discusión es intensa, al tiempo que corre el vino tinto, normalmente Rioja. La conversación se enreda primordialmente acerca de las características de las reses que han sido tentadas, y ocasionalmente algún apasionado se levanta de la silla para hacer un pase a un toro imaginario, extendiendo su brazo y usando su mano como si de una pequeña capa se tratara para enfatizar su argumento. La discusión se fue acalorando, cada cual acentuando su punto de vista, entonces el Juli dijo: - Porque no toreamos otra vez – Su sugerencia sorprendió a todo el mundo. - ¿Qué? No matador, se está yendo la luz y no serás capaz de ver casi nada. - ¿Y qué? – Dijo el matador, encogiéndose de hombros, - Ha salido la luna, las reses ya han sido tentadas y suponen un desafió mayor, tenemos que insistir, todavía están en los carrales. ¡Vamos!- - “Zorrita”, grito el ganadero, - Suéltalas de nuevo. “Zorrita”, es el mayoral de la finca Santa Maria de Xalpa, el capataz. Cuando escuchó la voz del ganadero, salió de la cocina de su mujer con un plato de tacos humeantes en la mano. - ¿Qué? – Grito con la boca llena de tortilla. - Que sueltes las becerras, Julián quiere tentarlas de nuevo – dijo el ganadero. A “Zorrita se le iluminaron los ojos, y las arrugas de su curtida cara y su bigote negro temblaron con una carcajada. - Mejor me guardas estos tacos para luego. ¡Pinche Juli nunca tiene bastante! Ahora quiere tentar a la luz de la luna. Y así ha sido siempre, desde el principio, desde la primera vez que le vi torear cuando tenia catorce años, queriendo torear todos los días. ¿Pero un pueblo del sur de España para uno de los mejores matadores? La temporada en España comienza en Marzo y termina en Octubre, ochos meses de corridas. Los toreros más taquilleros torean casi un día si y otro no. A veces varios días consecutivos. Así, aquel verano, mientras cruzaba España con la cuadrilla de “El Juli”, el número de habitaciones que se reservaban en los hoteles dependían de muchas cosas, la más importante donde pasaríamos la noche y donde tendríamos que estar por la mañana. Las habitaciones se repartían de la siguiente manera: el matador, los dos picadores y los tres banderilleros. Y el resto de los acompañantes nos conformábamos sin un lugar para descansar. Por eso la llegada de Juan y María fue un auténtico placer. Son una pareja encantadora para compartir todas aquellas horas antes de la corrida sin un sitio donde esconderse del sol de Extremadura. El jerez helado, las tabernas oscuras y una agradable conversación ayudan hasta que suenan los clarines que anuncian el principio de la corrida de toros. Desde donde nos sentábamos podíamos ver a Diego, el conductor del autobús y Luis, su ayudante, hacer los hatillos con las capas y muletas. Se turnaban para afilar los estoques, y pasaban sus dedos, comprobando cuidadosamente los filos como si fueran delicados instrumentos musicales. El matador requiere un estoque afinado cuando llega la hora de la verdad, ese momento especial cuando se encuentra entre los cuernos del toro. A medida que se acerca el momento de salir hacia la plaza, la tensión en la habitación te atrapa, ligeramente al principio, apenas perceptible, y después de forma sutil, como si flotara en el aire que respiras, de forma que no es necesario mirar el reloj para constatar la inquietud y saber que ¡es casi la hora!. Después, un murmullo recorre la multitud, "ya viene el torero". La espera ha terminado. Es un hecho conocido en España, que casi lo único que comienza en punto son las corridas de toros, y cuando llega el momento de ir a la Plaza cualquier fotógrafo invitado que no se espabile se queda sin sitio. La corrida terminó a las 9:30 y tras el aseo de la cuadrilla, la carga de los equipajes, y una rápida despedida de Juan y Maria eran casi las once cuando nos echamos a la carretera. Paramos a cenar después de la media noche y nos apilamos de nuevo en la furgoneta para continuar nuestro viaje rodeando Madrid y hacia el norte, camino de Valladolid. El tiempo que las cuadrillas pasan en la carretera es interminable, diez hombres sentados en una furgoneta de tamaño mediano, incluso si se trata de una flamante "Mercedes", no parece demasiado cómodo noche tras noche, pero de alguna manera se las arreglaban durante el largo verano. Cuando llegamos a Valladolid, no encontrábamos el hotel, algunas calles estaban cerradas por las fiestas de San Pedro Regalado. Así es que anduvimos callejeando hasta que encontramos el hotel y la cuadrilla se dispersó en sus escondites hacia las cinco de la madrugada. Para un grupo que viaja y trabaja de forma tan estrecha, la privacidad es esencial. Cada cual ha de respetar el espacio de los demás, y yo, como invitado, procuraba andar casi de puntillas. Aparte de los viajes y la corrida, los momentos del día en común se reducían a la comida y la cena en algún restaurante de carretera. Normalmente, es una mesa amplia, para diez o doce personas presidida por Armando Gutiérrez Galán, el hombre de confianza de "El Juli", y el único que le acompaña desde el principio. Después del sorteo, a las doce en punto, donde se asignan los lotes de cada matador. El matador se presentó, por sorpresa, para comer con el grupo, y digo por sorpresa, porque normalmente toma una comida ligera en su habitación y descansa hasta la hora de la corrida. Parecía cansado y abatido. La conversación bajó de tono, me pregunto si era porqué los demás también se dieron cuenta, comió solo un yogurt, un vaso de agua y se retiró a su habitación. El tiempo entre la comida y la corrida para mi es siempre difícil, leer es pesado y las series españoles son algo más apasionadas pero tan aburridas como las americanas. Apenas puedo dormir, dando constantes vueltas en la cama, si el ambiento es húmedo, apago el aire acondicionado y me tumbo sudando. Entonces compruebo la cámara de fotos por tercera o decimotercera vez y el bar se presenta como el único refugio. Hoy tengo suerte, y encuentro a Armando en el bar. Ha terminado los preparativos de la corrida: el traje de luces, camisa, corbata y medias inmaculados, las zapatillas brillantes, esperando. Las cortinas corridas, la habitación en la oscuridad y el teléfono desconectado, el matador descansa y no puede ser molestado hasta que Armado vuelva. La mirada de Armando me advierte si desea compañía. En esto nos parecemos, a veces encontrar el anonimato en la multitud es un consuelo. Pero hoy sonríe y me hace sitio en el bar. Hablamos de los viejos tiempos, cuando "El Juli" llegó a México por primera vez, apenas un adolescente, y las aventuras que compartimos por todo el país desde plazas casi vacías hasta el cartel de "no hay billetes" en la gigantesca Plaza Monumental de México. Y hablamos de mujeres, charla de hombres. Una conversación tranquila entre dos hombres que se respetan y saben admitir bromas con la confianza de no ser malentendido. Y así pasó el tiempo, los minutos, esperando el inmemorial sonido del clarín. Durante aquel largo verano, invariablemente salía para la corrida, antes de que lo hiciera el matador, con los picadores Salvador Herrero y Antonio Ladrón de Guevara. Aquel día, en el coche apenas conversamos. Corría el rumor de que el matador tenia fiebre, 41 grados, y todos estábamos preocupados por el riesgo para su salud, pero ninguno de nosotros siquiera consideró la posibilidad de cancelar la corrida. Una cuadrilla es un pequeño grupo de profesionales, entretejido sólidamente, con una dedicación exclusiva hacia su jefe, el matador. El mundo del toro bravo, es un universo peligroso y día tras día, a lo largo una temporada y doscientos toros, el matador confía su vida a la cuadrilla. El matador no es solo un jefe, sino también su dirigente espiritual en términos taurinos. Es el centro de atención y todo gira a su alrededor. Cuando llegamos a la plaza, la multitud que se arremolinaba en la puerta hacía difícil la entrada en el Patio de Caballos, el espacio, no solo reservado a los caballos, sino también a los toreros. Era la última oportunidad de relajarnos antes del Paseíllo. Paradójicamente, una vez en el interior del patio, todo era orden y calma, tal y como debiera ser para unos hombres que son profesionales, hombres con una vocación peligrosa. De repente escuchamos el bullicio de la multitud en la entrada y el nivel de agitación se incrementó al tiempo que el público de las últimas filas podía entrever la furgoneta del matador entre las barras de hierro sobre el portalón de entrada. La puerta se abrió y el matador la atravesó rápidamente camino de la enfermería con una riada de gente tras él, algo perfectamente adecuado para un "Príncipe del Toreo". Primero llegaron los banderilleros de su cuadrilla, que en momentos come éste actúan a modo de barrera, y detrás de ellos las cámaras de televisión y reporteros con micrófonos en mano, cada uno esperando siquiera un fruncido del ceño del matador. Desde mi punto de vista, todo esto significaba un ruptura de la etiqueta taurina; las entrevistas debieran realizarse tras la corrida. Antes, el matador necesita concentración, preparación mental y espiritual para enfrentar lo que le espera. No necesita, ni quiere ningún tipo de distracción. Una vez en la enfermería y con la puerta cerrada, Ángel Majano y Manuel Bermejo, dos del los banderilleros de "El Juli" tomaron posiciones en frente de la entrada, vestidos de plata, sus capas dobladas primorosamente sobre el antebrazo, las monteras firmemente sobre sus cabezas. Aunque no era ni mucho menos mi decisión, y nadie me preguntó o incluso hubiera tomado en consideración mi opinión, me sentía intranquilo acerca de la actuación de "El Juli". ¿Sería capaz de realizar la faena que se esperaba de alguien en tan alta posición en el mundo taurino?. Y lo que es más importante, su propia exigencia como matador. Para un torero tan popular como "El Juli" y con una larga temporada por delante, quizás seria mejor cancelar su actuación y esperar una mejor ocasión. Yo miraba la cara impertérrita de Ángel, mientras protegía la puerta y cuando me echó la vista, levanté la frente, preguntando si todo andaba bien. El asintió con la cabeza y supe entonces que el matador ya había tomado una decisión. Aparecería ante el publico y la corrida se daría como estaba previsto. En el callejón me encontraba a apenas unos pasos de el matador y pude observarle toda la tarde. Parecía obvio por su cara, que estaba sufriendo, y así permaneció, casi desplomado dentro de un traje impecable. Parecía exhausto y agotado. Pero cuando llegó su turno, caminó seguro dentro del ruedo y nos proporcionó al público y a mi una actuación extraordinaria. Mientras en el callejón parecía cansado, jadeante, respirando con esfuerzo, ahora en el ruedo, frente al toro, su fuerza había vuelto, la presencia del toro le había dado nuevos ánimos. Sus pases de capote fueron estéticamente precisos, dirigiendo el paso de aquellos quinientos quilos de músculo y cornamenta en cadenciosos movimientos que impresionaron al publico, momentos que permitieron a los fotógrafos taurinos, capturar y grabar milisegundos de historia artística taurina. Cuando regresó a la barrera, tras las banderillas, su cara estaba roja por el esfuerzo, respiraba hondamente, y se bebió de un trago el agua de su vasito de plata. Se limpió la cara con una toalla y en los breves segundos en que tomaba otro trago su cara se volvió a cubrir de un sudor oleoso. Todos hemos sufrido la agonía de la fiebre, en mi caso todo se detiene, incluso mas lento que a cámara lenta. Siento la cabeza atascada y el ruido se modula a través de capas de algodón que hubieran taponado mis oídos. Los sonidos pugnan por alcanzar el caos de mi conciencia real, y todo, todo duele. Me pesan los brazos, y tengo que negociar con mis piernas el traslado de un lugar a otro. Entonces deseo tomar alguna fórmula mágica y recostarme, esperando que cuando abra de nuevo los ojos todos se habrá esfumado y estaré entero de nuevo. Pero para "El Juli" no podía ser lo mismo, él era un héroe para sus seguidores, él no podía tomarse un respiro y encontrar un lugar tranquilo, a la sombra, para recostarse y descansar. En lugar de esto, era el toro el que reposaba, tomando aliento y esperando el regreso del matador. Para torear, se debe dominar al toro, no tanto en un sentido físico como conocimiento intelectual. Y antes de someter aquella masa irascible, acorralada y fuera de control, debes dominarte a ti mismo. Cuando se torea, no solo te enfrentas a una bestia armada con cuernos enormes y diez veces más peligroso de lo que nadie pueda imaginar, sino que también te enfrentas al riesgo de tu propia seguridad personal. Cada momento que se pasa enfrente del toro, te encuentras al borde de un peligro sordo, retando, desafiando. Para torear el matador debe encontrar un sitio en su interior donde pueda controlar la aprensión que produce el pánico que superaría a cualquier ser humano que se encontrara en idéntica situación. Cada hombre tiene sus miedos; ¿quizás los profesionales que viven al filo de lo imposible sufren menos miedo?. Una vez, conversando con una psicóloga sobre el hombre y sus miedos, me preguntó acerca de los míos propios, le respondí que eran las serpientes y los tiburones. Se encogió de hombros y me dijo que era normal, eran animales dañinos y debería temerles. Tener miedo e ignorarlo es tentar al destino, aceptarlo y reconocerlo no significa rendirse. El hombre debe aprender a conocer y entender su miedo en sus propios términos. Si no, será un esclavo, a su entera disposición. Cuando se tiene miedo, es difícil pensar, y pensar es esencial si quieres sobrevivir esos veinte minutos en el ruedo. El toro exige tu entera atención y no perdona. No le interesa si te encuentras bien o agarrotado. El toro no pasa la noche conduciendo por los caminos de España o bebe demasiado vino mientras enamora a una encantadora mujer. Duerme bien, está descansado y se acerca. El miedo, el temblor de los músculos y piernas ha de ser controlado, ignorado y ocultado en alguna parte, olvidado en una vieja maleta en el hotel. Después, cuando estas solo, te puedes enfrentar al miedo o cuando te despierta de repente a media noche con las sábanas empapadas de sudor. Pero aquí no, no en la plaza, no enfrente de la multitud. El miedo es una experiencia privada, es una de esas pocas experiencias en la vida que es auténticamente nuestra y no puede, no debe ser compartida. Así, el torero debe continuar adelante, pisando directamente en el camino de la bestia. Sin someterse a su brutal desafío de combate, pero sutilmente, sometiendo y dominado al animal, con su ser interior, su inteligencia, su única armadura secreta. Existen toreros con el carácter y el arresto de hacer que el animal obedezca, pero pocos poseen la gracia y sensibilidad para recrear la belleza de un ballet. Y aquí comienza la controversia entre los aficionados, la discusión sobre las sutiles diferencias entre los maestros. Los toros de lidia en España viven en manada. En el campo son animales serios y tranquilos, las disputas entre ellos son infrecuentes. Comparten un espacio comunal y se mueven en grupos holgados. Pero cuando se les aísla se convierten en animales territoriales. Desde el punto de vista humano, solo podemos imaginar su pensamiento, no obstante el ruedo de una plaza debe ser un lugar extraño, ajeno, incluyendo la presencia de miles de seres humanos; tan diferente de la pacifica vida que han conocido hasta ahora. Por tanto desde el momento en que pisan el ruedo, toman posesión y el pequeño circulo de arena se convierte en su territorio. El instinto primario de un toro bravo le hace embestir a cualquier forma que entra en su espacio, un acto ofensivo basado en la defensa de si mismo y su territorio ante cualquier intruso. Desde el punto de vista de un toro de lidia se trata de defender su territorio, cualquier espacio donde se halle, se convierte en su espacio. Y atacará para protegerlo. Instintivamente sabe como acometer, como humillar la cabeza y utilizar su cornamenta para atacar a su enemigo de forma enérgica y violenta. Desde el momento en que es separado de su madre pasa su tiempo en juegos de lucha con otros novillos, y después toros a medida que crece. Ha aprendido a defender su territorio y a usar sus cuernos con el empuje de los músculos de su lomo para embestir y cargar contra su enemigo. Lo que no sabe es como jugar el intrincado baile con el torero, ese ser humano vestido con llamativos colores. Necesita aprender a moverse al ritmo del "engaño", la muleta que el humano utiliza para desafiarle y engañarle. El trabajo del matador, la belleza de la fiesta brava, consiste en enseñar al toro donde, como y cuando embestir, y depende de la habilidad del torero entender, y de forma sutil adiestrar al animal, al tiempo que se expone a ser lesionado o herido. En Inglés nos referimos a esto hombres y mujeres como "luchadores de toros", lo que no tiene sentido, porque no hay tal lucha, no con el significado que le damos a la palabra "lucha". Pero mientras, el concepto de plantarse delante de un toro con tan solo un trozo de tela como toda defensa siga siendo extraño o desconocido para aquellos que hablan Inglés, ¿porqué se necesitan las palabras para explicarlo con propiedad?. Existen toros de todos los tamaños, y fácilmente pesan de seis a ocho veces más que el matador. Si se tratara de una simple lucha, el toro arrasa de un solo golpe, por tanto no se puede utilizar el termino "luchar". La función del matador consiste en provocar, seducir, atraer, coaccionar y guiar al toro para hacer su voluntad. La inteligencia del hombre debe derrotar a la fuerza bruta del animal en solo veinte minutos y ante miles de testigos, cada uno observando y criticando cada movimiento del matador sobre el ruedo. Aquella tarde no hubiera podido decidir cual de los protagonistas fue mas sobresaliente, "El Juli" o su segundo toro. Cada uno jugó su parte pertinentemente y juntos nos ofrecieron una representación sin parangón. El toro irrumpe de los corrales al ruedo buscando una salida, alguna manera de regresar al campo donde creció, pero también acomete con confianza; deseoso y dispuesto a enfrentarse a todo y a todos los que se atrevan a ponerse en su camino. Y en su camino encuentra una figura frágil, un hombre que se atreve a permanecer en su territorio. Cuando el toro bravo entra en la plaza, es todo fuerza y energía, una masa compacta de dominio y potestad, que embiste ásperamente, golpeando con sus cuernos todo lo que se mueva u objetos inanimados, como las barreras de madera. Pero al rato, se para, mira a su alrededor y quizás empieza a pensar. Sus movimientos son entonces, mas calculados y si se le observa detenidamente, se puede apreciar el cambio. Al principio es pura bravura, fiereza, pero en pocos minutos comienza a aprender y entender. Y con este nuevo conocimiento se convierte en más peligroso. Cada toro es diferente. No solo visualmente, el color de su capa o pinta, su tamaño o el estilo y alcance de su cornamenta, también difiere su comportamiento, su embestida y la forma de usar sus defensas. No todos los toros son iguales y no se pueden afrontar con la misma técnica. Pueden tener la misma procedencia, idéntico año de nacimiento, incluso la misma genealogía, pero cada uno tiene características que lo diferencian de los demás. El toro cambia a lo largo de la corrida, al principio embiste desde la distancia a cualquier cosa que se mueva, pero una vez superada la subida inicial de adrenalina, se para y espera la aproximación de su enemigo, aumentando las posibilidades de prenderle y arrollarle. No es que busque deliberadamente la confrontación, es que ese insignificante ser humano ha tenido el atrevimiento de penetrar en su territorio y por tanto se convierte en su enemigo; se trata de un confrontación sin concesiones, ¡una lucha a muerte!. La corrida tiene tres partes, la tercera es la faena de muleta. Los primeros pases, durante la primera parte o faena de capa, son fluidos y elegantes. Los pases de muleta son más delicados, el torero se pasa al toro muy cerca del cuerpo, incrementando el riesgo. El animal mira al hombre y a la muleta que se extiende ante el. A menudo vuelve la cabeza para mirarle las piernas y de nuevo la muleta. Si la muleta se mantiene quieta y el torero mueve las piernas, el toro arremeterá contra las piernas. El matador debe mantener la atención del toro centrada en el engaño y no en su cuerpo que se encuentra a escasos centímetros de su cornamenta, y lo hace tentando al toro con el paño, con tenues movimientos de muñeca que sacuden la muleta ligeramente y provocan al toro. A veces, si se mira detenidamente, se observa un matador con tal confianza en su quehacer, en su habilidad y en su conocimiento del toro al que se enfrenta, que toreará con la punta de los dedos, las yemas, la parte más sensible. Correrá lentamente la mano hacia la mitad del 'estaquillador', como mandan los cánones, sujetándolo ligeramente "con las yemas". Y los pases "con las yemas" de "El Juli" aquel día, fueron hondos, largos y profundos. Para torear "con las yemas", se debe tomar el 'estaquillador' con tanta delicadeza como una caricia al ser amado, como asir el pétalo de una rosa, con la fuerza suficiente para que no se deslice entre los dedos pero con la finura suficiente para no dañarla. Y después, pararse, cerca de la bestia de quinientos kilos y cuernos afilados, lo suficientemente cerca como para acariciarlo, templar la embestida; y corriendo suavemente la mano, asiendo el 'estaquillador' con un delicado toque de las yemas dirigir la embestida del toro que pasa muy cerca del cuerpo del torero. Cuando acabó la faena y cayó el toro, entre los aplausos y aclamaciones del público, "El Juli" volvió a la barrera donde nos hallábamos. Su cara radiante y enrojecida, el sudor cayendo por su frente mientras miraba hacia el Presidente, esperando el resultado de su faena. El Presidente dudaba, mientras observaba la reacción del público y sacó el primer pañuelo, y luego el segundo. Dos orejas. La recompensa de una gran actuación. "El Juli" dio la vuelta al ruedo, mientras el publico aplaudía y las damas le arrojaban ramos de flores ... Y después la última vez que le vi en la Plaza saludaba a una multitud que le sacaba a hombros por la puerta grande. ¿Cuántos de nosotros hemos vivido una situación heroica en algún momento de nuestras vidas, un breve instante épico fuera de toda proyección?. Una situación incontrolable, y aún sabiendo que lo hicimos bien, sólo hicimos lo que debíamos hacer, lo que era nuestro deber. Y aunque otros olviden estos hechos, permanecerán en nuestra memoria durante el resto de nuestra vida. Pero este tipo de hombres prometen, es más, firman en un contrato, que cierto día, si Dios lo permite y el tiempo no lo impide, se presentarán en su ciudad, en su Plaza de Toros, y actuarán admirablemente, enfrentándose a la bestia y exponiendo su propia vida. Usted puede hacer sus planes y comprar los billetes con la íntima convicción de que cuando suene el clarín y se abra la puerta de cuadrillas, infaliblemente allí estarán. Aquella noche dejamos el hotel, cerca de las once, con la misma organizada confusión que seguía a cada corrida durante aquel verano. Cada miembro de la cuadrilla esperaba su turno para entregar sus maletas a Diego y escuchar sus habituales protestas acerca de la cantidad de equipaje que tenía que cargar en el maletero de la furgoneta. El gentío que rodeaba la entrada cuando regresamos de la Plaza se había disuelto. Las jovencitas que con cuadernillo en mano y aparatos en los dientes gritaban con desesperación cada vez que se abría la puerta del hotel, nos habían abandonado. A través de los ventanales del hotel pude ver a "El Juli", estaba concediendo una entrevista para un televisión local, bañado por una luz brillante, parecía relajado, paciente con el entrevistador y muy cansado. Para cuando abandonamos la ciudad y tomamos la autopista, la cuadrilla dormía. Sólo el conductor, cuya silueta se dibujaba por el brillo de los focos, y yo mismo mostrábamos algún signo de vida. La negra noche de España nos envolvía bajo su palio y solo el zumbido del motor y las luces de los coches que cruzaban velozmente nuestra furgoneta interrumpían la paz de aquella noche. Había sido un día largo y extenuante. Yo estaba cansado, pero no sentía ningún deseo de dormir, algo que es normal en mi caso después de una corrida. Todavía revivía la experiencia, reteniendo imágenes y detalles como si hubieran sido grabadas en mi subconsciente. Cuando "El Juli" llegó por primera vez a mi pueblo, en México, en marzo de 1977, tenia catorce años y era obvio por entonces que se trataba de una adolescente superdotado. Viajando con él, y a veces observando su actuación, me acostumbré tanto a sus matices, los ligeros cambios en sus movimientos que a menudo pensaba que podía anticipar que haría a continuación. Más de una vez pensé que había alcanzado la cumbre, ¿cómo podría hacerlo mejor?. Y cada año, una vez finalizada la temporada en España, regresaba a México durante el invierno, y me asombraba cuanto había mejorado, ahora, se introducía en otro escenario. Cada año, cuando pensaba que había llegado a lo más alto y que no había mas metas que alcanzar; el artista en su interior, creaba otro nivel, y subía otro peldaño para explorar nuevos terrenos y dominarlos. ¿De dónde viene esta increíble habilidad, esta necesidad de superación?. ¿Llevamos, en nuestro interior, cada uno de nosotros un talento especial que espera ser descubierto?. Encontrarlo en alguien tan joven es difícil de explicar, e incluso mas difícil de entender, quizás porque yo no lo he encontrado en mi interior. El ha encontrado esta destreza especial, ha aceptado el desafío y el título de "Matador de Toros", y sabe lo que significa ser "el número uno", el número uno entre los mejores. ¿Es sólo un juego?. Quizás. Dicen que Aquiles jugaba a la guerra, y muchas veces he visto a "El Juli" hacer cosas con los toros, que parecen tan naturales, tan fácil, que me inclino a pensar que juega con ellos. En cualquier caso, si se trata sólo de un juego aventurado, entonces la pregunta será siempre la misma. En cualquier plaza de España, México o Latinoamérica, desde las grandiosas y elegantes hasta las pequeñas plazas de pueblo con paredes de barro, la mayoría de los días, la pregunta será: ¿Quién ganará hoy?. Hoy en la ciudad de Valladolid, fue Julián López Escobar, "El Juli". ¡Suerte Torero!
Jason C. Morgan Traducción: Reyes Aguirre
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