EL TORO BRAVO INTELIGENCIA II

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ZALDÍVAR ORTEGA (Juan J.). Doctor en Medicina Veterinaria y Zootecnia por la Universidad de Córdoba. Nació en la ciudad de Puerto Real (Cádiz), el (20-08-1933), en el seno de una familia acomodada, en la que su abuelo paterno era ganadero de reses de media casta. Realizó sus primeros estudios en la Escuela de los Hermanos de la Doctrina Cristiana en su ciudad natal; el bachillerato en Jerez de la Frontera; sus estudios universitarios en la Facultad de Medicina de Cadiz y se doctoró en la Facultad de Veterinaria de Córdoba en septiembre de 1965, tras cursar todos sus estudios como Becario, del Patronato de Igualdad de Oportunidades. Dos meses antes participó en el Primer Curso de Estudios Sociales y Problemas Contemporáneos en El Puerto de Santa Maria, organizado por la Universidad de Sevilla.

 

 LA BRAVURA

 

             Desde hace siglos que se vienen estudiando los estilos, la sagacidad y términos que tienen   los toros para ofender (Diego Ramírez de Haro, en el siglo XVI). Del conocimiento de los caracteres, de sus  hábitos y, en general, de sus  diversos modos de comportarse, nacieron    los fundamentos de las reglas de torear. Y así,  Francisco Montes (Paquiro), en su tratado, nos dice: La tauromaquia posee reglas certísimas para burlar la fiereza de los toros, que, siendo naturalmente sencillos, se van con el engaño que el hombre les presenta, asegurando de este modo su vida, y proporcionando una hermosa diversión. Sin embargo, esas reglas  certísimas fallan algunas veces debido a las diversas clases de toros, ya que la condición de bravura de las reses no tiene la pureza deseada.

             Los distintos comportamientos de los toros están ya presente en sus dehesas de  origen, en los herraderos -con sus distinto bramidos, de temor o de genio y el silencio al fuego de los bravos-, tientas, en el  trato entre ellos, la forma en llegar a los bebederos y  comederos, el lugar que ocupan en la fila cuando caminan…y cien detalles más para el que  esté acostumbrado a observarlos, van diciéndonos el carácter que tienen y, luego, en la forma de salir a la plaza, al enfrentarse a los picadores, y se hacen páginas de libros abiertos en los otros dos tercios de la lidia, especialmente con la muleta. En este último tercio los hay que no aceptan embeberse en la muleta, que no humillan, que ni bajan ni suben la cabeza…hasta los hay que si se falla con el acero la primera vez, aprenden a escupir con la testuz la espada y no hay modo de estoquearlos.

             De todas formas, el toro, en la plenitud de sus facultades, es el animal más gallardo que existe y lo han dicho tirios y troyanos. El conjunto de cualidades con los que la Madre Naturaleza dotó a tan singular y único bovino, como son:  estampa, poder, nobleza y bravura -término este último tan difícil de definir, no sólo por los ganaderos, sino por los científicos y académicos-, ha dejado de ser una incógnita,  ya que en el mes de diciembre de 1963, los profesores españoles de la Universidad de Córdoba, doctores José Manuel Rodríguez Delgado, Francisco Castejón Calderón y Francisco Santisteban García, descubrieron los centros neuronales que activan las reacciones de huída y de defensa del toro de lidia.

             Se trata de un área cerebral que apareció en los primeros escalones de la evolución del encéfalo en los animales más inferiores y que se fue desarrollando a lo largo de millones de años en los superiores. Es por eso que se trata de un conjunto de neuronas ubicadas en lo más recóndito y profundo del cerebro. Es tal su jerarquía biológica, su rango  y su perfecta sincronía con todo el  organismo, que desde ahí, a modo de un torrente bioquímico-eléctrico y enzimático u hormonal, y de forma simultánea, hace que todos los sistemas orgánicos actúen coordinadamente, ante cualquier agente exterior que ponga en peligro, en nuestro caso, al toro de lidia. Las órdenes emanadas de esa mini central neuronal, ante un peligro evidente, provoca en casi todos los animales la huida y en los toros bravos la acometida.

             Y decimos que ya la bravura no es ya un enigma porque logrando llegar a esa zona del cerebro en el toro con finísimos electrodos, desprovistos de funda aislante en un minúsculo tramo terminal, puede estimularse con variables intensidad voltaica y así hacer que el animal sea menos fiero y agresivo, detenga su marcha en plena embestida,  huya despavorido y realice extraños movimientos.  Porque, sencillamente, en esa reducida zona al fondo del encéfalo, sobre la llamada silla turca, están juntos los centros de atacar o de huir, desde hace incontables millones de años, convirtiéndose así la bravura en una reacción de respuesta neuronal, de naturaleza bioquímico-eléctrica y enzimática u hormonal, que actúa ante un estímulo irritante, movilizando todos los  sistemas orgánicos, ya sea para acometer o para huir, en cuyo caso deja de su bravura para convertirse en mansedumbre.

             Por eso habrá siempre toros muy bravos, bravos, menos bravos y mansos…además de los abantos, celosos, atemperados y nerviosos, prontos o tardos, etc… y por eso es tan difícil aprender a ver toros, y que la Fiesta Nacional sea la más culta del mundo.  Que hoy los toros no tengan fuerzas y a veces, dejen de embestir, es otro tema, que por cierto fue definido por Rafael Gómez Ortega (el Gallo), el  día que sabiamente dijo: No hay más que dos clases de toros: los que pueden y los que no pueden.

             Pero ¡cuidado!, porque hasta esa tan ancestral como privilegiada área cerebral, donde se asienta el despliegue de la primitiva fiereza, la astucia, y hoy la bravura y la nobleza de nuestros toros, pueden llegar por vía sanguínea ciertas substancias o drogas disociativas específicas, cuyos nombre lógicamente omitimos, actuando sobre el paquete de neuronas allí existentes y lograr evitar que salgan o salten   las señales de alarma y un toro bravo deje de serlo por un tiempo determinado y el hombre pueda acercarse, curarlo, intervenirlo quirúrgicamente y acariciarlo sin peligro alguno. El  estudio de las transformaciones de carácter de los toros mediante la aplicación de esas sustancias, fue un campo de investigación científica cuyas primeras páginas escribió este autor y que ante tanta riqueza de datos le hizo decir: Ya podemos hablar de que los toros pueden someterse a una tienta química de resultados espectaculares…como los humanos en las cárceles, a las drogas de la verdad.

Sabios fueron aquellos primeros ganaderos, como don José Rafael Cabrera, que sin duda pensaron que algo había en el psiquis del toro que podía modificarse, y comenzaron con seleccionar el ganado buscando las características deseadas y lo  hizo Cabrera de tal manera que consiguió un tipo de toro muy espectacular y acorde con los gustos imperantes en la Fiesta entre los años 1780-1800.  Se trataba de ejemplares de mucho trapío, gran alzada, muy corpulentos, largos y de cuello galgueño, es decir, largo, como fue la característica corporal durante muchos años de los miuras. Destacaron también por la variedad de sus pelajes: negros, colorados, castaños, cárdenos, berrendos en negro y en colorado, sardos, salineros e incluso algunos jaboneros y ensabanados. Tuvo que pasar un siglo para que otros ganaderos lograsen un tipo de toro acorde con los gustos de los espectadores del siglo XX. Fue don Antonio II Pérez-Tabernero, en España, y don Antonio Llaguno González, enel Estado de  Zacatecas (México).

            El carácter defensivo y ataque de los toros, con la excepción de los que son muy  bravos y nobles, puede variar muchísimo en su comportamiento, incluso de un día a otro, de ahí la  inexactitud de cuantas escalas de  ponderación numérica puedan establecer los  jóvenes científicos actuales, a los que necesariamente hay que aplaudir. Se han contado decenas de casos, siendo el más reciente el ocurrido allá por 1974 en la plaza de La Roda (Albacete) en que fue devuelto un toro a los corrales por manso. Le volvieron a lidiar y en cuanto vio salir a los picadores se arrancó a ellos y resultó bravo. Hay quienes opinan que depende de la raza, pero la realidad es que semejante variación radica en un receso transitorio, que puede durar horas y días, de la actividad neuronal en el área encefálica donde se genera la bravura. Si esa área, cosa rarísima, se halla con escasa actividad neurofisiológica, se manifiestan fríos de salida y desorientan, pero si se esperan unos minutos, el toro entra en caja cerebral y se presenta bravo; si bien ese fenómeno puede presentarse a la inversa.

             Los toros de mal carácter se deben, si es que se puede, matar a volapiés con más seguridad que recibiendo, «siempre que se les quinten cuantos sea posible las piernas –doblándolos cuantas veces sean necesarias-, y teniendo cuidado de no irse a ellos sino con todas las precauciones que hemos dicho son  indispensables; tales toros usan con mucha frecuencia del ardid de no humillar, pues disfrutan del sentido de los mansos peligrosos, lo que hará siempre muy riesgosa la suprema suerte; el remedio único y seguro que hay para este apuro es dejarle caer la muleta en el hocico, lo que siempre produce el efecto deseado, y se aprovecha ese momento para    asegurar la estocada; de no hacerlo, se corre el riesgo de que no vuelva a ponerse en suerte, sino que, después de colocado, se tape, y que escarmentado del pinchazo, y conociendo la estratagema, no humille tampoco al tirar la muleta y deje al diestro embrocado y desarmado. Por consiguiente, será muy oportuno no desperdiciar ningún momento con ellos, y en la primera suerte que hagan asegurar su muerte, confiado el diestro de que será aplaudido por los verdaderos aficionados inteligentes (Francisco Montes, Tauromaquia Completa, página 116). Los diestros antiguos siempre tenían la posibilidad de matar esos toros difíciles de un golletazo o a la media vuelta, aunque tuviese el cuello doblado.

             Los toros con excesivo carácter -genio defensivo- suelen desarrollar siempre más querencias que los mansos. Comúnmente todos desarrollan, con excepción de los verdaderamente bravos, tendencia  a una querencia natural, derivada siempre de su instinto de defensa, que suelen ser la puerta de toriles; pero pueden muchas veces, más de las deseadas, desarrollar una querencia accidental como consecuencia de una mala lidia o bien que se cele junto a un caballo muerto o porque, simplemente, se sienta más a gusto en algún sector de la plaza; es cuando el toro toma querencia en algún sitio determinado de la misma, un lugar que visiblemente le gusta y por el que constantemente está sintiendo preferencia, pues a él se va cada vez que se sale de la suerte. De ahí la necesidad que tienen los diestros de evitarla o de sacarlos de esas querencias, cambiándoles los terrenos. A veces, en el último tercio de la lidia, si los toros están quedados,  aplomados y aculados (4) a las tablas, las querencias se agudizan y ejecutar la suerte suprema alcanza su mayor y más peligrosa dificultad.

             José Delgado (Pepe-Illo), en su Tauromaquia, señala otra clase de toros de sentido –esta expresión aparece ya en el siglo XVI-, compuesta de los que atienden a todo objeto sin contraerse especialmente al que los cita y llama, pero que en las suertes son claros; y aunque respetamos el dictamen del viejo diestro, sin embargo, en esto padeció una equivocación, dice Montes, pues esta propiedad la tienen unas veces los boyantes, muchas los revoltosos, alguna los que se ciñen, pocas los que gana terreno y siempre los abantos, pero nunca los verdaderos toros de sentido, siendo además una contradicción visible  poner como clase de toros desentendido, cuyo distintivo es la malicia   en las suertes, unas reses que según él mismo Pepe-Illo son claras en ellas. Para Montes los toros con sentido son aquellos que distinguen al torero del engaño, y por consiguiente desprecian a éste, no lo siguen y rematan siempre en el bulto; alguna vez toman el engaño, pero es por fuerza, y su remate en el cuerpo del torero: aunque es difícil lidiarlos, también tiene el arte recursos para ellos, dice Paquiro.

             Una mañana, Rafael el Gallo, viendo un toro en los corrales juró  y perjuró no matarle, porque –según su opinión- tenía mucha química. Se suspendió la corrida por lluvia. Una semana después le cortó las orejas. «Pero maestro, le comentó el mozo de espadas, ¿ no dijo usted que el toro traía química?» Y el Gallo le contestó: Eso era el otro domingo, pero hoy estaba más bueno que el pan. ¿ Es que influyen en el toro las circunstancias ambientales, maestro... ? -Claro que influyen, como en todo ser vivo. Hay ambientes que le irritan y otros que le sosiegan..., pero le faltó decir que el irritado era él, pues nadie puede juzgar al toro hasta que se está lidiando, con la excepción de haberle realizado una tienta química.

             Este tema es muy expuesto a la crítica, lo sabemos, pero quienes tienen la mente acostumbrada a un constante ejercicio de observación en el trato con los toros y, sobre todo,  a estudiar y analizar con la  mayor profundidad sus reacciones en el campo y, especialmente, durante la lidia, tendrán frecuentemente la oportunidad de comprobar la frecuencia con que muchos de ellos exteriorizan transformaciones durante la lidia, mismas que ya se manifestaron en reacciones extrañas en su comportamiento con sus compañeros en el campo y que no son apreciadas por la mayoría de los mayorales y vaqueros. Algunos cambios en su conducta, fuera y dentro de la plaza, son a veces tan acusados, que no solamente dejan al descubierto un carácter voluble y hasta desconcertante, sino  que manifiestan expresiones y actitudes claras de que están reflexionando –pregonando, diría Paquiro- los actos que van a realizar. Podría decirse que  cada  reacción se hace en un estado anímico con sentido, con cálculo y malicia.

             En este aspecto recordamos el quite que le hizo don José Daza a Jerónimo José Cándido, quien nos narra: «Fue el Cándido a Cádiz a matar uno de gran malicia a los medios de la plaza, y advirtiendo el riesgo que llevaba, me previne a tiempo que le quitó la muleta de la mano, y su arrogante destreza sin mudar de sitio, suplió con el sombrero la falta, que no le bastó para la defensa, tocándoselo el toro por cima de los lomos, y volviendo a buscarlo, encontró el  estorbo en mi garrocha.»

4) Fernando García de Bedoya. «Historia de toreo»: «Al diablo le ocurre entrar a herir un toro aculado, no aconchado, a las tablas sin intentar torearle en ellas.»

 

 LA PSICOLOGÍA DEL TORO DE LIDIA

   
     
        En el estado anímico que refleja sentido ya es hora de admitir nuevos conceptos o definiciones, de aceptar que en el toro bravo -como  ya se ha hecho en tantos otros animales superiores, por no decir en todos los seres vivos, lo mismo en los que viven en el medio acuático que terrestres-, existe muchas veces una  clara capacidad para el aprendizaje y actuar, consecuentemente, según su  grado de bravura; es decir, un toro aprende en relación inversa a su  bravura. Los verdaderamente bravos tienen su capacidad de aprendizaje muy reducida y difícilmente desarrollaran sentido, aunque se les toree más de una vez (1) Desde este extremo psíquico hasta las  reacciones del  toro manso que rehuye y que al final acepta la pelea en la último tercio, dejándose torear, hay todo  un abanico de variadas respuestas conductuales, de carácter o comportamiento algunas de ellas verdaderamente desconcertantes. Montes ya admitía gradaciones, desde el toro simplemente avisado hasta el marrajo o pregonao, para él, propiamente  de sentido, experimentando y sabio, de peligrosísima lidia…

             Lo brevemente señalado y cuanto resta por decir tiene su base en la complejidad del encéfalo del toro y de sus funciones psíquicas, órgano supremo que estos animales es poco voluminoso, pero ello no le impide desarrollar las más variadas funciones de relación propias del eslabón evolutivo que han alcanzado. Sea como fuere se trata de la psicología del toro bravo actual, de los fenómenos psíquicos que presentan, lógicamente diferentes a los  que continúan en estado silvestres. Sin  embargo, unos y otros, los seleccionados escrupulosamente para la lidia, como los segundo, antes de llegar a un enfrentamiento, realizan los mismos movimientos y miradas, actitudes arrogantes, amagos  de acercamientos y  retrocesos, bramidos, etc., dando la impresión de que miden a distancia sus fuerzas y  programan las estrategias que van a seguir, con admirable cautela.

             Y dentro de ese fascinante  mundo de la psicología de toros de lidia, especialmente cuando están en libertad, se presentan hechos que nos hacen otorgar al toro una inteligencia muy superior a un eslabón elemental –inteligencia elemental la de muchos políticos de nuestro tiempo-, entre ellos, el que se den situaciones semejantes a los enfrentamientos étnicos humanos, en diferentes hatos, por ejemplo, de vacas. Veamos. Si a la hora de crear un rancho bravo, se agrupan vacas de diversa procedencia en un determinado potrero, permanecerán siempre en grupos separados las provenientes del mismo origen. Es más, hasta podemos hablar de que hay diversas clases sociales, que ellas mantienen con  todo rigor; hasta tal  punto, que las vacas bravas criadas en cortijos donde la presencia del hombre es permanente, jamás se mezclan con otras que se hayan criado de forma silvestre. Y esa conducta diferencial étnica la manifiestan sus terneros, conservándose por varias generaciones. Comprobar este fenómeno es algo muy digno de reflexionar y es tema que abordaremos en su día en toda su sorprendente dimensión.

             Ya han pasado más de 250 años que el célebre picador y escritor don José Daza dijo: No nos engañemos, señores racionales, que he llegado a consentir que ésta es una de las  altísimas providencias del autor divino como lo es que esta especia de fiera –el toro bravo- no tenga lo que la entendamos nosotros, y que sólo ellos se la entiendan como también entienden mucha parte de la nuestra; sin que nos deje duda la  experiencia en los ejercicios que nos sirven reteniendo en su memoria los nombres que a cada uno les ponemos, y los que damos a los movimientos, que han de ejecutar en obediencia nuestra, sin que jamás ni nunca haya podido la hinchada fantasía del mundo y sus escuelas construir ni  averiguar una ni ninguna de las frases con que ellos se entienden…

             En el terreno aún más fascinante del comportamiento amoroso hay que destacar la presencia de actos verdaderamente singulares. El tema es tan extenso y profundamente interesante que nos permitimos invitar al lector interesado a visitar las páginas de la publicación: Enciclopedia del toro de lidia. Una hermosa pasión: Los Toros bravos, en la que, como por ejemplo, los  capítulos 3, 4 y 5, nos  describen aspectos hasta entonces   desconocidos de los fenómenos psíquicos que se dan en tan singulares seres vivos.

             Así,  pues,  la vida psíquica y social del toro de lidia, está ricamente integrada por toda una serie de fenómenos psicológicos, incluye una notable capacidad de atención y de recuerdo, de memoria asociativa, de sentimientos, pasiones, expresiones e inclinaciones, dentro de los fenómenos afectivos, todos los cuales desembocan en la necesidad de aceptar que existe en ellos una inteligencia más que elemental, misma que mediante selección están convirtiendo   al toro actual en babosas comerciales, que hacen posible los alardes artísticos de la lidia actual, en detrimento de la emoción y el  patetismo que han venido manteniendo hasta hace poco tiempo el interés de la mayoría de los aficionados y que no  podrá recuperarse a base de toros grandes, cornalones y exteriormente desproporcionados.

             Pero aún debemos señalar que, dentro de esa capacidad de muchos toros para desarrollar sentido, sagacidad y malicia, en definitiva, para aprender y realizar actos de reflexión y respuestas intelectivas, semejante aprendizaje llega hasta en el uso de sus armas,  de su cornamenta. Hayan sido lidiados o no, es muy común que muchos toros desarrollen  más habilidades por un lado u otro en el uso de un cuerno que en otro. Este hecho es más palpable en las hembras que en los machos. En este sentido podemos recordar lo siguiente:

             Recuerdo haber leído que en un tentadero al que asistían los hermanos Gallo, en los principios de la carrera triunfal de Joselito, al rematar Rafael un quite por el lado izquierdo fue acosado y acuchado por la becerra. Al entrar al suyo Joselito, le advirtió a su hermano el riesgo de pararla por aquel lado. José no la paró, pero remató por el mismo sitio. Alguien intentó después enmendarle la plana parando al hacerle el remate por el lado derecho, pero fue volteado por la becerra, que mostraba aún más sentido y sabiduría al embestir por aquel lado. Fue cuando Joselito explicó:

             Yo bien sabía que la becerra buscaba por el lado izquierdo; pero, sin necesidad de experimentarlo, estaba seguro de que buscaba más por el derecho. Toda res que nunca  ha sido toreada debe –más no siempre- hacer una pelea sencilla y clara. No tenía duda de que la becerra había sido toreada alguna vez, y ello no podía  haber sido más que en el herradero. Suelen ser niños los que en ellos lo hacen, y a éstos se les arregla mejor capotear por el lado derecho. Por eso deduje que, por mal que estuviera la becerra por el lado izquierdo, estaría peor y más toreada por el otro.

1) Tal fue el caso, entre otros muchos, de Libertado, de don Vicente Romero y García, que fue lidiado en Jerez de la Frontera (Cádiz) el (22-12-1864), siendo aún utrero y desechado de tienta. Pese a ello tomó 36 varas, mató seis caballos y fue indultado por su bravura e impresionante nobleza, tanta tenía que confundió al propio ganadero, dejando a la vez al descubierto la poca fiabilidad de la tienta. Devuelto a la dehesa, estuvo padreando tres años. Se le volvió a lidiar en Cádiz, ya bien madrigado y ocho años de edad, el (16-05-1869) y se manifestó igual que la primera vez, por lo que no aprendió nada y su carácter fue idéntico

En la ya larga historia del hombre han corridos siglos en los que muchos sabios, tal es el caso de Aristóteles –en su Historia de los Animales-, aceptaron que compartían muchas reacciones intelectivas con una  gran  cantidad de animales, figurando a la cabeza de ellos todas las especies de antropoides, perros y caballos sobre la superficie terrestre y los    delfines y ballenas en el medio marino, que vienen asombrando cada día más a los hombres en la medida que conocen sus facultades intelectivas. Sin embargo, han sido muchos más las centurias que los hombres silenciaron esa realidad tan palpable, como si quisieran desconocer, sumergidos en su endiosamiento, que sólo ellos eran los seres inteligentes. El mantenimiento de esa idea tan errónea les ha impedido, con su realmente muy limitada inteligencia, comprender que, en la maravillosa obra Creadora, Dios repartió dones con admirable precisión a todas sus criaturas. La gran desgracia de los seres humanos, que daña poderosamente más que el pecado Original, es sentir su orgullo humillado ante esa realidad, privándole de la grandeza mental que supone vivir compartiendo el mundo con todos sus seres vivos.

             En el sentido señalado, es tal la riqueza que emana del conocimiento del toro y de la fiesta de la que es el principal protagonista, que resulta del mayor interés abrir un paréntesis para dejar muy claro que tuvo que ser un poeta  -no un científico-, nuestro insigne García Lorca, el que midiera en toda su vasta dimensión la grandeza cultural de nuestra Fiesta Nacional, para él, la más culta del mundo. Sin embargo, para un científico o un sabio, como el doctor Gregorio Marañón, el gran protagonista: el toro bravo, es un ser siempre hermoso, pero demasiado estúpido… Una vez  más se cumple el hecho que muchas veces hemos comprobado: Que el hombre más tonto puede decir un día algo tan acertado que jamás se le hubiese ocurrido al más sabio, y uno de estos, expresar o realizar tan anacrónica bobería, que jamás se le hubiese pasado por la imaginación al más tonto de los mortales.

             Siguiendo con el tema central, ya en la Tauromaquia de Francisco Montes (Paquiro) –capítulo IV, de la primera parte-, se estudian los tres estados que presentan los toros en la plaza, que desde entonces fueron aceptados por todos los tratadistas. Tales estados son: el    de los levantados, parados  y aplomados. Se asegura que la  relación de estos estados con las suertes que en cada uno se practica puede establecerla sin esfuerzo cualquier aficionado. Dichos estados o comportamientos no se presentan muchas veces en estado puro  -como dice Ignacio «Macario»-, es decir,  que aparecen conductas mezclada muy difíciles de interpretar. Sin embargo, nuestra larga experiencia nos dice que si los toros -también muchas vacas- son verdaderamente bravos, presenta un estado de equilibrio admirable en sus reacciones y, por muchas veces que se les toree, difícilmente desarrollaran sentido. Tenemos el ejemplo de dos vacas que fueron toreadas dos veces  al   año, durante un lustro, y no desarrollaron sentido, comportándose de la misma forma. Otras, en cambio, lo desarrollaron después de los primeros dos capotazos.

             Lógicamente, en aquellos años del siglo XVIII (1773-1801),  en los que toreó José Delgado (Pepe-Hillo), aunque tradicionalmente ya constituían una especie de toros aparte: los llamados de sentido, él célebre diestro sevillano los definía así: Toros de sentido son aquellos que, atendiendo a todos cuantos objetos se les presentan, no se definen fijamente por   ninguno. Bajo la misma denominación se comprenden los que sin hacer caso del engaño, o haciendo muy poco, buscan constantemente el cuerpo del torero. Cuando el toro está atendiendo a todos cuantos objetos se les presentan no hace otra cosa que aprender y cuando lo han logrado, la primera reacción es saber donde está el torero y más si no son verdaderamente bravos. Dentro de estos hay una curiosa modalidad de conducta: la de los toros que, además de observarlo todo a sus alrededor, parados a poco de salir del chiquero, mueven su cabeza erguida en distintas direcciones, desparramando la vista, como si avisaran que ya saben lo que tienen que hacer.

           Son los llamados toros inciertos, pero de esto nada de nada, lo que hacen es dar palpables muestras de sagacidad y malicia, anunciando su peligrosidad inminente. Todos los tratadistas y toreros aseguran que un toro totalmente virgen de lidia no es de sentido nunca. Pero tenemos experiencias de que no es así. Hay toros que sin haber sido toreados tienen ya predisposición natural para llevar una serie de lecciones aprendidas; es decir, son sagaces y maliciosos antes de ser lidiados. Cuando esto ocurre, de forma inmediata aprenden en muy poco tiempo en la plaza a cortar los terrenos a los diestros, a ceñirse y revolverse, aptitudes propias de los que son conocidos como toros celosos,  cuando no gazapones. La sagacidad y malicia de algunos astados llega a extremos inverosímiles: saben perfectamente cuando el diestro está momentáneamente distraído, cuando tiene el engaño plegado o cuando por alguna circunstancia el torero ha recibido un golpe y hace movimientos que le delatan como estar ligeramente aturdido, para lanzarse sobre él.

             Independientemente de esos estados señalados se presentan reacciones para todos     los gustos, de ahí que lo tentador y atractivo de otorgar una única puntuación en el medición científica de la bravura, como dice el joven científico Rodrigo García González Gordón, puede ser muy engañoso.  Tal es el  caso más frecuente, el de los toros que se manifiestan como normales y de súbito salen abantos, que según los tratadistas se corresponden con los medrosos que,  antes de enterado o fijado, o sea, en el estado de levantado, se salen de las suertes rehuyendo la  pelea. Se trata de animales con marcada mansedumbre, pero siempre que sean lidiados por un diestro entendido, es posible que le haga abandonar ese carácter y terminen bravucones, siendo magníficos o peleando como si fuesen bravos en el último tercio. Otros, en cambio, seguirán rehuyendo la pelea convirtiéndose en huidos y solemnemente mansos.

             Un ejemplo de un toro claramente manso que después fue excelente en el último tercio lo tenemos en corrida celebrada en la antigua plaza de toros San Pedro  (Zacatecas, México), el (16-09-1971), en un  mano a mano Eloy Cavazos y Raúl García, con toros de Matancillas. «Para completar la corrida los empresarios, tuvieron que aceptar un toro, al que por ciertas circunstancias le bautizamos con el nombre de Pajarito,  pero era un toro abueyado,  grande, viejo, ya con seis años más que cumplidos, con unas patotas tipo elefante, hocico de tamaño desproporcionado, negro. Pero, por si fuera poco, no tenía aspecto de bravo. Todos pensamos que seria manso de solemnidad.

             La preocupación por lo que haría el toro en la plaza crecía en la medida que llegaba la hora de lidiarlo. Llegó la hora de desembarcarlo en los chiqueros y aunque le dieron chicharra, patadas y latigazos, no quería salir del escondite de madera. Al día siguiente se hizo el sorteo y el bicho le tocó en suerte a Eloy. Ya desde que lo había visto en los corrales el apoderado del matador, don Rafael Báez, se había quedado de una pieza y estaba convencido de que no embestiría. Fue cuando nuestro amigo Mario Rentería nos hizo un magnífico quite, diciéndoles al apoderado de Cavazos y al propio matador que el toro era bravo, recordándole que era primo de un toro que salió muy bueno, al que Eloy le cortó las dos orejas. A medias se convencieron y aceptaron. Salió aquel aprendiz de toro bravo. Una vez en el ruedo, como hacen los mansos (véase un ejemplo de escándalos provocados por  los mansos, a pie de la página  siguiente), ni caso le hacía a Eloy, que le buscó y buscó, mientras Pajarito, como subido en una rama, miraba hacia todas partes del tendido. No sabemos cómo, Cavazos logró al fin que se arrancara y le hizo un faenón con la muleta,  matándole  admirablemente, logrando una impresionante ovación, las orejas y el rabo del manso, que como tonto se metió en la muleta hasta la muerte.

 

LAS QUERENCIAS DEL TORO DE LIDIA

      
      El carácter, la conducta o el comportamiento etológico de los abantos pueden ser incluso propio de los toros de algunas ganaderías y, concretamente, está  casi siempre presente en algunas castas fundacionales, como la del  conde  de  Vistahermosa y que no puede considerarse como una  manifestación de mansedumbre. En este caso se trata de animales de temperamento más frío y a los que los puyazos les hacen entrar con bravura en la pelea. Es por ello que lo señalemos como carácter  y no como estado anímico, ya que una vez se deciden a entrar en el juego de la lidia permanecen en él de forma invariable. Y en este tipo de toros su instinto de acometividad se mantiene fijo y es muy difícil que ese carácter presente alguna transformación durante la  lidia.

             Dentro  de las lógicas transformaciones, gradaciones conductuales –si podemos decirlo así- que experimentan los toros durante la lidia, especialmente en el primer tercio, es de animales quedados, como consecuencia directa, muchas veces, de haber recibido un duro castigo y la pérdida de sangre, seguida de los destronques de recortes y las fatigas de los capotazos. Semejante salida conductual no implica que el toro quede ausente de la lidia ni rehuya el objeto que le insta, pues lo único que hace el animal es dejar un cierto tiempo de acometer, permaneciendo inmóvil, como para recuperarse, por lo que nunca debe confundir esa actitud con la que manifiestan los toros aplomados ni con los tardo.

             La de quedados empiezan muchos a mostrarla desde antes de llegar al estado de aplomados, y la acentúan a no a medida que transcurra  la lidia, porque más bien debemos hablar de cambios de ritmos temperamentales,  del que pueden salir y entrar, pudiendo casi siempre corregirse. Es lo que los diferencia de los aplomados, que como la conducta de los tardos, manifestadas como resultado del cansancio vital, del que ya no puede salir y restablecerse su capacidad de acometer. En  los toros burriciegos todas las variantes de conductas citadas adquieren perfiles muy peculiares. En la temporada taurina del año 2003, en la Plaza Real de El Puerto  de Santa María, se corrieron dos astados burriciegos y casi nadie se dio cuenta de semejante hecho.

             A cuanto llevamos expuesto hay que agregar otras modalidades de conducta, entre ellas las querencias del toro en la  plaza y los citados burriciegos. En éstos, los diversos comportamientos relacionados, adquieren desmesuradas proporciones. En cuanto al conocimiento de dichas querencias, o sea, la tendencia del toro a preferir un sitio determinado de la plaza, y volverse al mismo sitio tras cada suerte, es muy antiguo. Ya en la Cartilla de la Biblioteca de Osuna se dedica una regla entera, la segunda, a la querencia más constante. En ella pude leerse: «Muy importante será para el aficionado el tener presente por dónde entró el toro, que siempre tendrá a aquella parte más cariño, buscando la salida.» Previene asimismo los riesgos de ejecutar las suertes estando el toro embebido en tal querencia, con razones que siguen siendo válidas. «En este caso se les ha de dejar que se canse en esto, y que esté en medio de la plaza para hacer con más gusto las suertes, pues como anda divertido no hace caso de quien le llama, y de lo contrario será peligroso ejecutarla, porque no puede venir al deseo del aficionado.»

             En cuanto al conocimiento de las querencias del toro, una vez más debemos a José  Delgado (Pepe-Hillo), como en tantos otros casos, el primero en sentar las bases del estudio de las mismas con su observación, y previno los riesgos, sacando las consecuencias a lo que en las anteriores artes de torear no fue más que un simple embrión de previsiones razonables.

 

 LOS ESCÁNDALOS POR TOROS MANSOS

 

 *Se estaba llevando la selección a tal extremo -¡para beneficiar sólo a los toreros!, que se entra en la mansedumbre y falta de fuerzas, y ya en 1923 salieron a las plazas de México, -como los muchos que vienen lidiándose hoy en España-, varios toros mansos de solemnidad, que señalamos a los lectores:

            *El (10-01-1923), en la plaza de Mexicali (Baja California), fueron devuelto a los corrales por mansos todos los toros que salieron al ruedo. Procedían de una de las haciendas del Estado mexicano de Coahuila. El escándalo fue mayúsculo. Actuó esa tarde Carlos García.

            *El 14 de enero del citado año se lidiaron toros de Ciénega de Flores, en la plaza de Monterrey, pero salieron tan mansos como los de Matancilla en la Corrida de la Hispanidad, celebrada en 1992 en Monumental plaza de Zacatecas (México), originándose una terrible bronca -no fueron tan civilizados como las Autoridades y aficionados zacatecanos-, y la corrida fue suspendida. Actuó esa tarde el novillero Pedro Domínguez (Dominguín Mexicano).

            *En la plaza de El Oro, el (19-03-1923), se lidiaron cuatro dificilísimos toros de San José del Porto, para Silveti y el novillero Ramón Gómez. Hubo fenomenal bronca, y parte del público le prendió fuego a la plaza. En esta ocasión, Silveti se llevó una cornada grave.

            *En Ciudad Juárez, el 8 de abril del año antes citado, se lidiaron reses de Bavícora, para Angelete y Torquito. Fueron tan mansos los toros, que la bronca se impuso. Las autoridades impusieron multa a todo el mundo. Este vez, a Angelete, se le fue vivo un toro a los corrales.

            *Finalmente, en 1923. fueron fogueados en la plaza de El Toreo, como un hecho histórico, cinco toros: uno de Piedras Negras, uno de Atenco, dos de Wiuilfo González y uno de Zotoluca.

            *En corrida celebrada en la plaza de La Luguna, el 2 de diciembre, también de 1923, salieron cinco toros mansos, que no pudieron ser lidiados.

          Y así, entre las circunstancias que el diestro ha de tener en cuenta y de  forma muy presente, para su seguridad y lucimiento, es la de lograr conocer con precisión  y a la mayor brevedad de tiempo posible, las querencias del toro. Años después, Francisco Montes (Paquiro), dedicó en su Tauromaquia todo un capítulo, el tercero de la primera parte, a este fenómeno, aceptando la clasificación de las querencias, a las que llama naturales y accidentales, y amplía la enumeración de Pepe-Hillo.

             Paquiro fue  mucho más lejos en sus apreciaciones sobre las querencias que su antecesor José Delgado –éste trató de las consecuencias que para la lidia tenían las querencias y  se limitó a señalar los riesgos- ya que en su Tauromaquia se aventura a adoctrinar sobre el modo de valerse de tales circunstancias para el mayor lucimiento con el menor riesgo. Y así nos dejó escrito:

             «Toda suerte que se haga dejando al toro libre de su querencia, además de ser segurísima, es muy lucida, y por consiguiente, las que se efectúan sin este requisito serán expuestas y desairadas...ñ. Es, pues, necesario tener mucha atención, y conocer perfectamente cuáles son las querencias del toro, para  dejárselas siempre libres y manifiestas, y para proporcionarse una mayor seguridad en toda clase de suertes.» Además, Montes, nos legó   las instrucciones de cómo hacer que el toro las abandonara, haciéndole ingrata su estancia en el lugar en que se ha aquerenciado, llegando en último extremo a foguearlo. Cuanto se dijo entonces sigue vigente en nuestros días.

             Ya sólo nos resta decir, a modo de Colofón intermedio de lo señalado, que todos esos estados conductuales o anímicos, de las diversas respuestas en el comportamiento de los toros, con sus respectivas graduaciones, tienen su representación material, tangible, en un área cerebral determinada, ubicada en la base más profunda del encéfalo, conocida como la silla turca, sobre la que está alojada en los animales, especialmente en el toro de lidia, una de las primeras agrupaciones neuronales, ocupando uno de los primeros eslabones en la evolución del  cerebro del toro. Ahí está también, lógicamente, la bravura y la mansedumbre, la capacidad para desarrollar sentido y malicia, y la nobleza y afectividad de los toros, es decir, que de ahí arrancan todos los fenómenos síquicos.

             A dicha área cerebral llegaron las finísimas terminaciones de delgados cables eléctricos, llamados electrodos, ubicados intracerebralmente, por los que se hicieron llegar    a distancia mini descargas eléctricas, mediante un radio transmisor,  para estimular las neuronas allí asentadas, terminándose por descubrir la sala de mandos biológica donde se originaban la mayoría de los fenómenos síquicos, entre ellos, la bravura. De aquellos fascinantes descubrimientos, realizados en 1963 por un grupo de científicos españoles, de la Facultad de Veterinaria de Córdoba –los sabios doctores don Francisco Castejón Calderón y don Francisco Santisteban García, dirigido por el neurofisiólogo, José Manuel Rodríguez Delgado,  de la Universidad de Ithaca (Nueva York)-, no se ha vuelto a hablar.

             En cuyos trabajos colaboró  este autor tranquilizando a distancia los toros sujetos de las investigaciones, que pudieron ser trepanados –abertura cruenta del cráneo-, para colocarles los electrodos, con toda comodidad para los investigadores y casi sin sufrimientos para los animales.  Todas investigaciones se realizaron en la dehesa de ganado bravo, llamada Alamirilla, de don Ramón Sánchez, en Córdoba, cuyo ganadero prestó una invaluable ayuda a las investigaciones realizadas.

 Los animales bravos y nobles, en definitiva, se dejan vencer cuando se juega con ellos con arte y sabiduría, pero, sobre todo, con la fuerza del espíritu, que señalara el genial Juan Belmonte, lo que no admiten los mansos y con carácter, perdiendo su voluntad y su natural impulso, ante la gracia, la desenvoltura, la inspiración, la destreza y la cadencia del torero. Si se tienen esos dones y los diestros, además, cuentan con el raro instinto de percepción que le permite conocer las reacciones del toro, ni siquiera requiere el jugador disfrutar, como le pasaba a Juan Belmonte, de demasiadas facultades físicas.

Los toros con sentido, no aceptan ese toreo que emana del conocimiento del toro y salir a luchar con él, a medir el valor con su instinto peligroso, a poder con él, a dominarlo, no es posible, porque el toro, haga lo que haga el matador, se tomará siempre su aire y jamás podrá ser toreado, ya que irá siempre en la plaza a donde quiera él y el más depurado temple, ni los brazos, ni los pies, ni el movimiento de las muñecas, servirán para dominar al toro. Este tipo de toros puede acabar una tarde con las ilusiones de toreros casi prefabricados en las escuelas taurinas. (Muchos de los conceptos desarrollados ya fueron expuestos en el trabajo: El Carácter de los Toros de Lidia, publicado por la prestigiada Peña Taurina La Garrocha, de El Puerto de Santa María, en julio de 2004, por gentileza de la Fundación Cultural «Paco Flores.».

         Para que el lector se haga una idea de la bravura y resistencia que los ganaderos habían logrado antes de finalizar el  siglo XIX y principios del XX, a poco más de un siglo de haberse iniciado una escrupulosa selección, cerraremos este Capítulo II citando a título de ejemplo a tres toros:
 

             Jaquetón: cornúpeto de la ganadería española de don Agustín Solís, vecino de Trujillo (Cáceres, Extremadura), popularmente conocida por «del cura Solís», que antes perteneció al marqués viudo de Salas, fue quizá el toro más representativo de la bravura del toro de lidia. Se anunció en Madrid la tercera corrida del abono del año 1887, con seis toros, y como matadores Francisco Arjona Reyes (Currito) -hijo del célebre Cúchares-, Salvador Sánchez Povedano  (Frascuelo) y Ángel Pastor. Toda la corrida fue muy brava, siendo Jaquetón el ejemplo de lo que debe ser un verdadero toro bravo. Tomaron entre los seis toros 48 varas, dieron 20 caídas y mataron 20 caballos, en el tercer festejo de abono.

            Corrido en cuarto lugar se destacó entre todos. Cárdeno, chorreado, cornicorto y algo escurrido de carnes. En cuanto salió arremetió con bravura al Sastre, al que derribó, matándole el caballo. Con igual resultado acomete inmediatamente a Fuentes. Atacó nuevamente al Sastre y nuevamente le derriba y mata al caballo. Toma después un gran puyazo de Canales; embiste a continuación a Manitas, le derriba y quita la vida a la cabalgadura. Dos varas más de Fuentes, con pérdida de otro caballo. Nueve varas de Canales, al que desmonta, sale tras el caballo, le derriba y lo deja moribundo. Manitas le pone la última vara. Al hacer el quite Ángel Pastor tropieza con un caballo y cae; el toro le cornea furiosamente, que al sentirse herido cocea, alcanzando al cornúpeto en el testuz.  Mete Pulguita el capote y Jaquetón cae al quererle seguir. Se levanta, da unos pasos, junta  las manos, mete la cabeza entre ellas, sin dejar de moverla, presa de una terrible convulsión.

 El público, que se había entusiasmado ante tan admirable pelea, ovacionando cada vara, se opuso a que banderilleara. Ángel Pastor, que intentó hacerlo, y pidió a la presidencia que se perdonara la vida a Jaquetón. Accedió el presidente, don Juan José Giménez; pero mientras esto sucedía, Francisco de Diego (Corito) le clavó un par. Salieron los mansos; pero Jaquetón no pudo seguirles, no podía dar un paso, no cedía la convulsión y con dificultad se tenía en pie. Ante la imposibilidad de restituirle a los corrales, Currito, por orden presidencial, salió a rematar al bravísimo Jaquetón, descabellándole, después de tres seudopases, al cuarto intento; tiene en su abono que el movimiento constante de la cabeza dificultaba grandemente la suerte.

 Dice La Lidia que «hay que advertir, para apreciar la bravura del toro, que fue horriblemente picado, por más que sus tremendas acometidas no dejaban a los picadores meterse en dibujos.» El veterinario don Simón Sánchez le reconoció detenidamente en el desolladero, apreciando la rotura de un pulmón, sin duda por el esfuerzo hecho en la suerte de varas, y una fuerte contusión en el testuz, la que ocasionó la aguda conmoción y la convulsión que paralizaron los movimientos del animal.

 Jaquetón, en nuestra jerga, es, ya lo he indicado, símbolo de bravura, de fiereza; es a la vez término de comparación en cualquier sentido, y por eso decimos muchas veces «era un Jaquetón», o «no era precisamente un Jaquetón» cuando queremos expresar la poca bravura de un toro. Jaquetón (véase imagen en la página siguiente), ha dado nombre a muchos periódicos y sociedades taurinas, entre éstas una en Barcelona, que lleva muchos años de existencia, y de la que han sido presidentes los más competentes críticos y aficionados de la Ciudad Condal.

 Hace pocos años vimos en Trujillo la cabeza de Jaquetón. Está disecada al estilo antiguo, es decir, que puede decirse que está estrictamente la cabeza, sin apenas cuello. Su aspecto es insignificante, muy cariavacado -se dice del toro que tiene la cara de vaca. Por ejemplo: «El cuarto, negro, con bragas, avacado y veleto.» Luis Falcato (Don Hermógenes). Sol y Sombra, 1885-, muy corto de pitones y muy afilados, muy descarnada y estrecha. Su dueño, un empleado de la casa de Banca Artadoitia y Cortés, la cuida con esmero, preservándola en lo posible de las inevitables contingencias del tiempo.

             Bravío. Y a principios del pasado siglo nos encontramos con dicho astado, del conde de Santa Coloma, lidiado en la tercera corrida de abono celebrada en Madrid el (11-05-1919). Componían el cartel con estos toros Agustín García Malla, Julián Sáinz (Balen lI) y José Flores (Camará). Se inutilizó uno de los seis de Santa Coloma, y fue sustituido por otro de don Manuel Bañuelos, que se lidió el primero. En segundo lugar se lidió a Bravío, negro, con el pelo muy rizoso en la cara, cabeza y cuello. Tenía marcado el número 70. Un poco levantado y abierto de cuerna.

             Un precioso tipo de toro de constitución armónica, pero no era de gran tamaño, tanto, que en el reconocimiento los veterinarios se opusieron  a su lidia. Por casualidad, y contra su costumbre, había acudido el ganadero al reconocimiento y apartado, y se opuso tan enérgicamente a la determinación de los veterinarios, que amenazó con retirar todos los toros, conforme a los derechos de su contrato, si prevalecía el criterio  de los técnicos. Transigieron éstos, y se lidió la corrida en el orden ya citado.

 Desde su salida de chiqueros mostró Bravío una bravura excepcional,  arrancando en los siete puyazos que tomó con una alegría y con una voluntad, que entusiasmaban al público, que le ovacionaba en cada una, viéndole recargar, llevando el caballo hasta la misma barrera, una y otra vez, apretándole contra ella y no cediendo hasta que, ya caído el picador, no sentía sobre si clavada la garrocha, y algún capote se le llevaba engañado. Manaba sangre del morrillo, que le corría por toda la espalda hasta la pezuña, y pronto se disponía nuevamente al ataque, si se le incitaba al encuentro.

 Siguió con la misma bravura y acometividad en los dos tercios siguientes. Balen II, su matador, torero hábil y con muchos recursos en su arte, no tuvo los suficientes para dominar a Bravío y evitar las protestas del público. Entre ovaciones delirantes se dio la vuelta al ruedo al cadáver de Bravío, yendo las mulillas al paso, teniendo que saludar repetidas veces el conde de Santa Coloma, que fue aclamado. También fueron muy bravos los otros cuatro toros de este ganadero.

 Queda el timbre y la historia de Bravío en el archivo de los toros más bravos lidiados en Madrid. Es el Jaquetón de los tiempos modernos, porque hemos bautizado un Jaquetón de los tiempos antiguos. Decir Bravío (como decir Jaquetón) es decir bravura, con nobleza, modelo del buen embestir, sin exageraciones de nerviosismo y sin ninguna otra dificultad que su buena bravura, que nunca puede calificarse de excesiva en un toro de lidia. Su nombre -Bravío-, representativo y símbolo del toro bravo.

        Catalán: Ricardo Torres Reina  (Bombita chico) remató el (05-10-1902), el toro de don Eduardo I Miura, de nombre Catalán. “Era negro, con bragas, bien puesto, largo, bien criado, de poca cuerna, alto de agujas, de ojos encendidos, orejas movibles y con todas las de la ley, fue lidiado en Madrid. Tomó nueve varas y mató cinco caballos, y so le dejan hubiera estado acometiendo hasta que materialmente no hubiera podido andar; era un toro de casta, bravo, seco, duro, arrancándose siempre de largo, volteando a las jacas como si fueran de cartón, queriendo guerra constantemente, acudiendo siempre y destrozando cuanto se le  ponía por  delante; pero  con nobleza, sin ensañamiento, con la gallardía de un valiente, con la grandiosidad del que está seguro que la tiene.” Así describió en su reseña a Catalán el célebre escritor taurino don Pascual Millán. Pues bien; a este extraordinario toro no le hizo  Ricardo la faena que merecía y el público esperaba, estoqueándolo con grandes dificultades.  Fue por lo que el diestro sevillano escuchó la más sonora bronca de su vida, y al toro le hicieron dar tres vueltas al ruedo entre estruendosas ovaciones… ¿No se mereció el toro al menos una oreja del torero?

Curiosamente, el día en que se lidió el toro de nombre Estornino, castaño claro, ojalao, bragado y con buenas armas, de la ganadería de Arribas Hermanos, lidiado en Madrid el 6 de junio de 1909, que se portó tan noble y bravamente que el público lo ovacionó en el arrastre. Un diario, al reseñar la corrida, dijo: «Si Miura cuenta en el historial de la casa con un Catalán y un Violeto, y Murube con un Marismeño y un Pajarito, y Pablo Romero con un Capuchino y  un Camama, los señores Arribas cuentan desde ayer con un Estornino que en nada puede envidiar a tan célebres cornúpetos.»

   

 CONTROL FÍSICO DE LA MENTE DEL TORO

                

Están tan próximas en el suelo del encéfalo, del cerebro del toro, las áreas de donde parten la bravura y la mansedumbre que, a partir de ahora, ya no debe extrañarnos la variabilidad del comportamiento que presentan los toros durante la  lidia. Desde el puramente bravo hasta el más manso. Dichas áreas, para entenderlo mejor, forman una especia de balanza, por lo  que hagámonos la idea que están ubicadas en dos platillos. Ya puede figurarse el aficionado lo que ocurrirá si en uno de los platillos hay más peso, más materia prima activa que en otro… A ambos lados del fiel de la balanza están el instinto de huida y el ofensivo. Y entre ambos extremos se encuentran todas las variaciones del carácter, del comportamiento de los  toros. De ahí que se diga es permanente y no constante, variando con la edad y pudiendo variarse el concepto con el tiempo.

            En todas y cada una de las definiciones expuestas se puede sacar un parte para explicar el fenómeno de la bravura. Una de ellas tiene especial interés, la de que es una explosión o una llamarada. La bravura, primero instinto de defensa y luego mantenida, ha terminado siendo una misteriosa cólera (Álvaro Domecq). Porque, efectivamente, de  esa área cerebral, a la que llegan por vía visual o auditiva los más variados estímulos, parte o se  libera una descarga bioeléctrica  que, a modo de reacción en cadena de naturaleza iónica, activa todo el conjunto funcional del toro, que don Luis de Basterrechea considera como la  respuesta del instinto combativo a las  reacciones del sistema hormonal.

 Si como nos debe quedar claro, las multicitadas áreas cerebrales de donde  parten todas las órdenes, están ahí formando parte de una de las primeras estructuras en la evolución del sistema nervioso, lo primero que lógicamente aceptaremos es que ambas conductas sean heredables y que, sobre todo, están perfecta y desde hace millones de años codificada en un gen específico cuya  localización cromosómica se desconoce aún. Así que el toro, embista o huya, lo hace por tendencia funcional  y, considerando que la acometividad es una reacción defensiva, ha terminado convirtiéndose, a fuerza de herencia  acumulativa, en franca acometividad y bravura, originando el toro noble e  impetuoso que  no ataca y que no se defiende nada más que cuando se le irrita. Y ese carácter hereditario es el que más  veces está presente en las definiciones.

 En resumen, que del toro fiero de ayer,   los ganaderos han logrado  que el instinto innato de pelea en la raza especial de los toros ancestrales, se haya logrado otra raza aún más especial: el majestuoso toro bravo y noble de hoy. Nuestra felicitación a esa pléyade de ganaderos que lograron el milagro.

Para concluir, en cuanto a los importantísimos trabajos de los sabios profesores cordobeses antes citados, nuestros queridos e inolvidables  maestros, dentro de los   resultados logrados en las investigaciones con toros a los que se les implantaron  electrodos en el interior de su masa encefálica, para seguidamente ser teledirigidos en sus movimientos, cabe decir que, pensando en la materialidad física de las tres facultades del alma incorpórea (memoria, entendimiento y voluntad), se aseguraba que la  bravura del toro  de lidia estaría dependiente de una estructura específica cerebral y que se podría lograr, primero localizarla, llegando hasta ella, controlarla y muy  especialmente actuar sobre una de las más genuinas manifestaciones del toro: la acometida, poniéndola al alcance de ser manipulada por el hombre.

 Buscando descubrir algunas claves sobre las bases neurológicas cerebrales que originan la fiereza, la agresión, la acometida, o la bravura de los toros de lidia, el equipo de investigadores cordobeses, con los que este autor colaboró estrechamente preparando -con diferentes drogas tranquilizantes y anestésicas, inyectadas a distancia-, a los animales sujetos a experimentación, a  la implantación de electrodos intracerebrales; se exploraron diferentes  rumbos encefálicos mediante radio-estimulación, utilizando para ello un conjunto de reses bravas que, habiéndose  recuperado de la anestesia y estando libres en el ruedo, dejaron al  descubierto numerosos y a veces extraños movimientos, idénticos  a los logrados en otros animales, como giros de cabeza, flexión de una extremidad y marchas girando en círculos.

 Desde que el profesor español en la cátedra de Neurofisiología  de la Universidad de Ithaca (Nueva York), doctor José Manuel Rodríguez Delgado, publicó el trabajo científico titulado : Control físico de la mente, dejó al  descubierto la gran  importancia y profundidad de sus investigaciones y del enorme atractivo de sus resultados, haciéndose eco de todo ello   el sabio profesor cordobés doctor Francisco Castejón Calderón, nuestro adorado maestro. Fue cuando ambos se pusieron de acuerdo en tenerlo  todo listo para irrumpir y cruzar los mágicos caminos del cerebro del toro en todas direcciones, con objeto de localizar, con precisión matemática los centros nerviosos que determinan las reacciones de huida  y  defensa.

 El  grupo de científicos iban a introducir en sus investigaciones los conocimientos emanados de la doctrina de la neurona como unidad anatómica, embriológica, trófica y  funcional del sistema  nervioso, sabiamente establecida por nuestro eximio premio Nobel, el doctor Santiago Ramón y Cajal. El objetivo estaba claro,  aquellos hombres estaban listos para intervenir, recorrer y manipular en el interior del cerebro de un grupo de toros, en  recorridos que abarcarían las bases de toda la moderna neurofisiología, que a su vez lo es, tanto de la neurología, como de la psicología y  aun de la psiquiatría, del toro de lidia. En realidad, en aquellos días iniciales del mes de diciembre de  1963, el hombre, el científico, manipularía en el toro bravo, no sin asombro, el acto elemental del sistema nervioso, cuyo soporte anatómico es el arco reflejo, con sus elementos fundamental, que escapan por su complejidad de este trabajo.

 Sin embargo, no debemos eludir el señalar, que en el fenómeno de la circulación nerviosa doble, de ida y vuelta, está lógicamente presente en los toros de lidia. En el tercio de varas, el estímulo nocivo, cruento, es de gran intensidad y, el cerebro, mediante la vía de vuelta da las órdenes oportunas, atendiendo la finalidad primordial de conservación del individuos, de retirarse y  huir, mas el toro bravo, lejos de hacerlo, arremete  más aún contra el punzante estímulo, mientras que el manso se aparta bochornosamente del de a caballo..

                

Los toros de lidia están incluidos dentro de las especies animales en las cuales los recién nacidos se mantienen en pie e inician la locomoción a los  pocos minutos de haber salido del claustro materno. Así que, la maquinaria fisiológica de todos sus órganos está a punto. Cabe, pues, pensar que en el sistema nervioso de estos animales existe, por así decirlo, una  matriz que contiene mecanismos perfectos, no sólo para la  locomoción, sino además tiene aseguradas las conexiones de manera precisa. Es a ese nivel encefálico, el  órgano más formidablemente complicado del Universo, donde los científicos manipularon a distancia y controlaron la mente del toro de lidia, cruzando con numerosos cables las finísimas y delicadas estructuras cerebrales, trastocando las vías de ida y  vuelta de los estímulos, fabricando impulsos nerviosos que una y otra vez invertían los  movimientos voluntarios de los animales.

 Hasta tal punto actuaron los electrodos intracerebrales, enviando a distancia estímulos eléctricos, que lograron convergencias y divergencias de impulsos nerviosos, apareciendo movimientos extraños, jamás producidos por los toros, alterando hasta los niveles jerárquicos del sistema nervioso central, esos que se implantaron hace  millones de años… antes de lograr alcanzar el objetivo anhelado: determinar el centro  nervioso donde radicabas las  facultades de acometer o de huir en los toros. Objetivo que se amplia al nuestro: hacer accesibles al conocimiento del mayor número  posible de aficionados, sin hacer en la vulgaridad, tan en boga en nuestros días, mediante la cultura taurina que se han comprometido a extender la Fundación Cultura «Paco Flores» y Radio Puerto, en este caso, de  las más  recientes conquistas del conocimiento científico de los toros de lidia; es decir, buscando un punto de equilibrio entre la accesibilidad a un mayor número de aficionados, sin que nuestra intención sea, tampoco, profundizar de tal manera que nuestros interlocutores se reduzcan a una minoría de especialistas.

 La posibilidad, pues, de manipular los toros de lidia en forma teledirigida –ya lo hicimos en otro campo mediante diversas drogas tranquilizantes-, se planteó a principios de 1963 y pertenecía al terreno de la psicología comparada, pretendiendo a la vez a dar respuesta a la cuestión siguiente: si sería  posible el cambio, más o menos permanente, de la conducta  o el carácter de un toro bravo, tras la estimulación intracerebral, mediante la técnica de los electrodos implantados permanentemente; planteamiento que nos ofreció en aquellos días de hace más cuarenta años, de la gran importancia de estas  investigaciones y del enorme atractivo de sus resultados.

En aquel fascinante proyecto el toro de lidia parecía sin duda el sujeto de experimentación ideal por ser un animal de conducta unívoca: siempre que se encuentra encerrado, acomete al hombre, al caballo, a otro toro, o a lo que se mueva… ¿Será posible controlar la acometida:  ese acto elemental y súbito de  todo el complejo de comportamiento que traduce la bravura del toro de lidia? Pero en realidad fueron  muchas preguntas.

             En nuestra memoria circulaba una y otra vez, cuando observaba a los científicos empeñados en tan formidable proyecto, cómo ya don Santiago Ramón y Cajal visualizó en su tiempo que el conocimiento de las bases fisiológicas y químicas de la  memoria, de los sentimientos y de la razón, haría del hombre el dueño verdadero de la Creación y su obra más trascendental sería la conquista de su propio cerebro. En esta ocasión, acompañado de los aficionados interesados, estamos conquistando la bravura del toro de lidia.

 Y como el tema resultaría amplísimo y el lector interesado puede seguir todos los pasos que siguieron los científicos en nuestra próxima publicación: Descubrimientos Insólitos en la Etología del Toro de Lidia. Enciclopedia del Toro de Lidia, Tomo II.  Pp. 153, preferimos recapitular lo más  posible lo sucedido haya ya cuatro decenios, señalando que fue posible el  control físico  de la mente del toro de lidia, se determinaron las áreas cerebrales de don parten las órdenes para una  gran cantidad de movimientos, entre ellos,  algunos de la alta escuela ecuestre; que estando en plena embestida se podía suspender súbitamente la misma; se logró cambiar la conducta en dos toros, etc.

 También se probó repetidamente que, la estimulación cerebral, inhibía el comportamiento agresivo, la bravura, ,y que se podía parar bruscamente a  un toro en plena carrera (imágenes en las páginas 60 y 61). El resultado parecía ser una fuerza motora contraria a la voluntad verdadera del toro que lo forzaba a detenerse y volverse hacia un lado. La estimulación repetida, una vez descubierto el  lugar neuronal donde radica la bravura del toro, permitía que durante varios minutos las neuronas se durmieran –es prácticamente el efecto que logran los tranquilizantes- haciendo posible que el hombre se acercara y acariciara al toro sin que este  mostrara signos  de hostilidad.

 El abaniqueo repetido ante la cara de un toro con la muleta, ya cansado, le desconecta el centro de la bravura y por cierto  tiempo el animal puede ser acariciado por el diestro. Ya solo resta decir, lo cual en bien comprensible, que si se estimula eléctricamente  un punto del cerebro, una y otra vez, y el toro deja de embestir y se manifiesta como si fuera manso, es prueba irrefutable de que en ese lugar profundo del cerebro está el control de donde parten las órdenes de la acometida.

 Y si en otro punto  estimulado, una y otra vez, el toro muge intensamente, es que ahí radica esa actividad… y así sucesivamente se descubrieron más de un centenar de áreas cerebrales en los toros de lidia en donde radicaban otros tantos movimientos  y actos, algunos inverosímiles, hasta entonces desconocidos que pudieran hacerlo los toros. Investigar la estructura neuronal de esas  células nerviosas, de donde parten las órdenes para movilizar todo el aparato funcional del toro, y localizar el cromosoma donde desde hace millones de años está el gen o la parte estructural de uno de ellos,  en  donde radica la transmisión hereditaria de la bravura, serán las próximas investigaciones.

 

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Autor: Juan J. ZALDÍVAR ORTEGA

Fuente:  www.laplazareal.net

 


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