En la primavera, en el valle del Jerte, se produce la
maravilla de la floración de los cerezos. Algo parecido ocurre
en La Rioja cuando los viñedos se van tiñendo de matices rojos y
ocres con la otoñada. Otros ejemplos se podrían poner de
actividades agrarias que producen este tipo de efectos
secundarios. Sin embargo, ningún agricultor del Jerte ni ningún
viticultor de La Rioja diría que el objetivo principal de sus
empresas es el disfrute del paisaje cambiante y, si los
resultados económicos no acompañan, pasado un tiempo pensarían
en abandonar. Ésta sería la actitud considerada racional, dentro
de los parámetros del mercado.
Para el ganadero de bravo esta racionalidad no es
prioritaria, es arriesgado calificar el negocio como rentable y,
seguro no lo es, si consideramos las subvenciones y el coste
oportunidad del capital. Además, comercializa un producto de
difícil valoración y oculto hasta la lidia: la bravura, lo que
unido al exceso de oferta determina un mercado de competencia
imperfecta con precios a la baja donde las ganaderías de
prestigio se imponen.
Es el disfrute de su propiedad el que actúa como una renta
compensando inversiones y costes, donde el propietario es
inversor-consumidor. Inmovilizando su capital, busca obtener no
sólo unos ingresos comerciales, sino también, y a veces como
motivo preferente, una satisfacción personal. Campos Palacín
(CSIC), especialista en economía ambiental, calcula que un 66%
del total de los beneficios económicos de las dehesas de bravo
corresponde al valor ambiental (renta ambiental autoconsumida).
Esta forma de valorar la explotación no es ajena a la forma
de acceso a la propiedad: gran parte de estos empresarios han
heredado un modelo de gestión de tipo familiar, y aunque en las
últimas décadas se esté produciendo un aumento de inversiones
foráneas, éstas han sido atraídas por ese tipo de rentas, y por
el prestigio que posibilita el acceso a determinados círculos
sociales y financieros.
Hasta mediados de los setenta, se consideraba signo de
progreso roturar las dehesas, la Administración subvencionó el
arranque de encinas y robles pero encontró la resistencia de
unos propietarios que en su toma de decisiones tuvieron en
cuenta las rentas ambientales. Hoy en la Comunidad de Madrid un
importante número de dehesas, fundamentalmente de bravo, aún
aguanta la desaforada presión urbanística.
Sin duda, el disfrute de este tipo de rentas es y ha sido un
privilegio reservado a unos pocos y ha podido estar en el origen
de conflictos y disfunciones sociales; pero ha permitido
conservar amplios territorios en condiciones de ser fuente de
recursos ambientales. Obviamente, la primera condición para
poder distribuir una renta es su existencia o la posibilidad de
crearla e incrementarla.
La dehesa es un ecosistema agroforestal único que aúna el
mejor rendimiento económico con la menor incidencia en el medio.
Hace decenas de años que los grupos conservacionistas y
ecologistas llaman la atención sobre su protección, estudio y
difusión. Así lo ha manifestado la Unión Europea al incluir las
dehesas españolas dentro de la Red Natura 2000.
Son las razas autóctonas las que por su rusticidad y
adaptación mejor aprovechan y conservan la dehesa. Dicen que
este ganado ramoneando enseñó al hombre a olivar encinas y a
adehesar el monte. También tuvieron un papel en la historia.
Cuando en épocas de la Reconquista se formó el desierto
estratégico en torno al Duero, este ganado, por su rusticidad,
quedaba a salvo de razias y ayudaba a los habitantes a reponerse
del saqueo.
El ganado de lidia es el mejor adaptado a la dehesa. Las
condiciones de cría en grandes fincas (400-500 hectáreas de
media), el espacio por cabeza (entre una y seis hectáreas por
animal), la movilidad que le da su menor tamaño con respecto a
otras razas y su crecimiento en libertad con mínima presencia
humana le han hecho inherente al ecosistema de la dehesa.
En la Península Ibérica hay unas 500.000 hectáreas de dehesas
dedicadas al toro de lidia, una extensión equivalente a la de la
Comunidad Balear, concentradas en Andalucía, Extremadura,
Salamanca y Madrid, que proporcionan unas manchas únicas de
bosque adehesado.
Es este aspecto de la ganadería de bravo como reserva de
bienes públicos ambientales el que debería tenerse en cuenta al
debatir sobre el futuro de la fiesta. La dehesa como ecosistema
es un todo en equilibrio, lo que afecte a alguno de sus
componentes afectará a la totalidad.
Los efectos secundarios de la actividad económica, que eran
tomados como marginales, hoy se instalan en el centro del debate
económico; baste el ejemplo del cambio climático. Cualquier
medida que afecte a las actividades económicas va a tener que
mirar de forma prioritaria estos aspectos, mucho más si estas
actividades están íntimamente relacionadas con la naturaleza,
como es el caso de cualquier decisión tomada sobre la fiesta.
José Manuel de los Santos es economista.