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El toro de lidia, escudo de la dehesa

Un importante número de dehesas de bravo aún aguanta la desaforada presión urbanística

JOSÉ MANUEL DE LOS SANTOS 17/05/2007

En la primavera, en el valle del Jerte, se produce la maravilla de la floración de los cerezos. Algo parecido ocurre en La Rioja cuando los viñedos se van tiñendo de matices rojos y ocres con la otoñada. Otros ejemplos se podrían poner de actividades agrarias que producen este tipo de efectos secundarios. Sin embargo, ningún agricultor del Jerte ni ningún viticultor de La Rioja diría que el objetivo principal de sus empresas es el disfrute del paisaje cambiante y, si los resultados económicos no acompañan, pasado un tiempo pensarían en abandonar. Ésta sería la actitud considerada racional, dentro de los parámetros del mercado.

 

Para el ganadero de bravo esta racionalidad no es prioritaria, es arriesgado calificar el negocio como rentable y, seguro no lo es, si consideramos las subvenciones y el coste oportunidad del capital. Además, comercializa un producto de difícil valoración y oculto hasta la lidia: la bravura, lo que unido al exceso de oferta determina un mercado de competencia imperfecta con precios a la baja donde las ganaderías de prestigio se imponen.

Es el disfrute de su propiedad el que actúa como una renta compensando inversiones y costes, donde el propietario es inversor-consumidor. Inmovilizando su capital, busca obtener no sólo unos ingresos comerciales, sino también, y a veces como motivo preferente, una satisfacción personal. Campos Palacín (CSIC), especialista en economía ambiental, calcula que un 66% del total de los beneficios económicos de las dehesas de bravo corresponde al valor ambiental (renta ambiental autoconsumida).

Esta forma de valorar la explotación no es ajena a la forma de acceso a la propiedad: gran parte de estos empresarios han heredado un modelo de gestión de tipo familiar, y aunque en las últimas décadas se esté produciendo un aumento de inversiones foráneas, éstas han sido atraídas por ese tipo de rentas, y por el prestigio que posibilita el acceso a determinados círculos sociales y financieros.

Hasta mediados de los setenta, se consideraba signo de progreso roturar las dehesas, la Administración subvencionó el arranque de encinas y robles pero encontró la resistencia de unos propietarios que en su toma de decisiones tuvieron en cuenta las rentas ambientales. Hoy en la Comunidad de Madrid un importante número de dehesas, fundamentalmente de bravo, aún aguanta la desaforada presión urbanística.

Sin duda, el disfrute de este tipo de rentas es y ha sido un privilegio reservado a unos pocos y ha podido estar en el origen de conflictos y disfunciones sociales; pero ha permitido conservar amplios territorios en condiciones de ser fuente de recursos ambientales. Obviamente, la primera condición para poder distribuir una renta es su existencia o la posibilidad de crearla e incrementarla.

La dehesa es un ecosistema agroforestal único que aúna el mejor rendimiento económico con la menor incidencia en el medio. Hace decenas de años que los grupos conservacionistas y ecologistas llaman la atención sobre su protección, estudio y difusión. Así lo ha manifestado la Unión Europea al incluir las dehesas españolas dentro de la Red Natura 2000.

Son las razas autóctonas las que por su rusticidad y adaptación mejor aprovechan y conservan la dehesa. Dicen que este ganado ramoneando enseñó al hombre a olivar encinas y a adehesar el monte. También tuvieron un papel en la historia. Cuando en épocas de la Reconquista se formó el desierto estratégico en torno al Duero, este ganado, por su rusticidad, quedaba a salvo de razias y ayudaba a los habitantes a reponerse del saqueo.

El ganado de lidia es el mejor adaptado a la dehesa. Las condiciones de cría en grandes fincas (400-500 hectáreas de media), el espacio por cabeza (entre una y seis hectáreas por animal), la movilidad que le da su menor tamaño con respecto a otras razas y su crecimiento en libertad con mínima presencia humana le han hecho inherente al ecosistema de la dehesa.

En la Península Ibérica hay unas 500.000 hectáreas de dehesas dedicadas al toro de lidia, una extensión equivalente a la de la Comunidad Balear, concentradas en Andalucía, Extremadura, Salamanca y Madrid, que proporcionan unas manchas únicas de bosque adehesado.

Es este aspecto de la ganadería de bravo como reserva de bienes públicos ambientales el que debería tenerse en cuenta al debatir sobre el futuro de la fiesta. La dehesa como ecosistema es un todo en equilibrio, lo que afecte a alguno de sus componentes afectará a la totalidad.

Los efectos secundarios de la actividad económica, que eran tomados como marginales, hoy se instalan en el centro del debate económico; baste el ejemplo del cambio climático. Cualquier medida que afecte a las actividades económicas va a tener que mirar de forma prioritaria estos aspectos, mucho más si estas actividades están íntimamente relacionadas con la naturaleza, como es el caso de cualquier decisión tomada sobre la fiesta.

 
José Manuel de los Santos es economista.

FUENTE: EL PAÍS


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