ALEJANDRO TALAVANTE

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ALEJANDRO TALAVANTE RODRÍGUEZ

Nace en Badajoz el 24 de noviembre de 1987. La afición por los toros la heredó de su abuelo materno Emilio, quien, cuando aún era un niño, le llevó a una corrida en Badajoz en la que toreaban Joselito, Ponce y José Tomás. El momento más emotivo de esa tarde llegaría cuando el torero de Galapagar, en su vuelta al ruedo, le regaló una de las orejas que había obtenido por su actuación.
Aquello fue el comienzo de su pasión por este mundo, uno de los pasajes más significativos y decisivos de toda su carrera y lo que, posiblemente, le empujó a querer ser torero. Así, sin decir nada a nadie, Talavante se escapó de casa con tan solo once años y quedó a escondidas con un amigo para apuntarse a la escuela taurina de Badajoz, de la que desconocía su dirección. Tras recorrer varios kilómetros bajo la lluvia, llegó a casa empapado con los papeles de su matrícula protegidos por una bolsa de plástico, para gran sorpresa de su familia.

Mató su primer becerro de corto en el año 2000. Vistió su primer traje de luces el 13 de mayo de 2001 en el pueblo materno. Y debutó con picadores en el sur-oeste francés, en la localidad de Samadet, el 1 de febrero de 2004, con Manuel Escribano, Antonio Caro Gil y reses de Pedro y Verónica Gutiérrez Lorenzo. Su campaña de novillero estuvo marcada tanto por las lesiones como por un buen concepto del toreo

Su debut en Madrid tuvo lugar el 25 de marzo de 2006, lidiando reses del Serrano con Raúl Cuadrado y Francisco Javier. El 24 de mayo de 2006 vuelve a Las Ventas en pleno San Isidro, tarde en la que impactó por su valor y temple, lo que le abrió las puertas de todas las plazas de toros, tanto de  España como de Francia y América.

El 9 de junio de 2006, se convirtió en matador de toros en Cehegín (Murcia), apadrinado por Morante de la Puebla, con David Fandila “El Fandi” como testigo y con toros de Benjumea. Esa tarde cortó tres orejas, demostrando una vez más la pureza y personalidad de su toreo. Desde ese día los triunfos se repiten con regularidad.

 

MADRID.- Monumental de las Ventas. Domingo de Resurrección, 8 de abril de 2007. Más de 20.000 personas, casi lleno. Toros de Puerto de San Lorenzo, el 2º de Ventana del Puerto, desiguales de presentación y de manso juego; destacaron el 5º por el izquierdo y el codicioso y mansito 6º; el 1º noble, flojito y soso.

Tantas miradas taladraban la boca del túnel de cuadrillas escudriñando a los toreros, que fue imposible estimar en cuál confluían más ojos: Quién miraba al Juli, aquel niño precoz que ahora, con 24 años, encarna -aún más precoz- la madurez del toreo hecho; quién a Manzanares, esperanza dinástica con triunfos recientes del lejano Atlántico y del Mediterráneo próximo; quién a Talavante, la juventud impávida, la osadía que se reveló estatua y desafío en la pasada feria madrileña. Así que cuando terminó el paseo, la afición aplaudía, resucitados sus deseos en este domingo, la Pascua Florida de aquellos catecismos que, en alusión generosa para la época, dejaban escapar un guiño pagano irremediable..

 

Allí estábamos, abarrotando la plaza, juntos y aun revueltos, cristianos, paganos y mediopensionistas, mirando accionar los capotes junto a las tablas, sin otra crispación que el nerviosismo que precede a las promesas cercanas. Mientras, acordes al humor de la tarde, las nubes pasaban saludando por los charcos que abril dejó en los suelos del tendido.

También saludó el extremeño al toro de su confirmación -Mariposino- con verónicas andaluzas, ganando terreno. Cansino se fue al picador y cansino se fue de él, de modo que el quite sólo permitió media chicuelina. Cansino en banderillas, esperaba, y los primeros estatuarios de recibo llenaron de flashes las gradas. Luego con la izquierda, ceñido, lo empezó a torear, bien rematado al pecho. Se quedaba por el derecho, le cambió de mano por detrás y quieto, a trancas y barrancas, aguantando, trazó circulares, medios pases y bernadinas entre lluvia palmas. Aunque pinchó, se premió su decisión.

Salió su segundo, 603 kilos, muy parado, husmeando, buscando hierba, huyendo al torero, amagando al bulto, hasta que notó el frío de la puya y corrió por la arena como un poseso. Lo enganchó muy bien Muñoz con la pica pero no dejó de mansear, doblar las manos y avivar las protestas. Mal pintaba. Pero Talavante, que en el toro anterior movía las piernas con un temblor nervioso, se fue despacio al centro y nos lo brindó. Le esperaba el buey en toriles, pero lo sacó y le enjaretó una serie. Mérito. Volvió a por él -iba mejor de lejos- y lo fue metiendo. En la tercera, la afición toda coreaba la muñeca que, ligera y sabia, hacía girar al manso tras la tela. Luego, lo llevó largo, sin dejarlo escapar, y puso la plaza en pie. Redondos, circulares, los de pecho, en las tablas, donde le dejó el toro, donde se dispuso, a matar entre el murmullo, y levantó, tras la estocada algo caída, un revuelo de pañuelos que le valió la puerta grande.

El Juli, técnico y frío. Parecía con ganas. A su primero nadie lo tocó hasta banderillas y él mismo estaba al quite cuando el morlaco achuchó a Escobar. Pero no se acopló en la muleta. Desde el centro, algo fuera de cacho, calmó con una estocada limpia algunas protestas huérfanas. En el cuarto, una mole imposible de las que en Madrid gusta primero e indigna luego, se había enfriado la cosa. Cuando salió aplomado del caballo ya todo era plomo (hasta los clarines sonaron lánguidos). Y en el segundo par de banderillas se echó al suelo, de lado, como para dormir. "¡Sácale una almohada!", gritó uno. Ay, los toros gordos.

Manzanares se llevó una ovación en su primero cuando se hizo, lidiando a capotazos, con un bicho poco claro. Sin embargo, se empleó en el caballo. Desmontó a Morales y, caso omiso a los capotes, se fue a por el reserva. Mejoró el tranco en los palos y, tras los doblones, tensos, de recibo, la muleta fue tomando calma en sus dibujos, que, aunque desiguales, dejaban patente la clase del torero. También desiguales fueron las opiniones del respetable, que esperaba más de él (mató muy mal, por cierto).

En el 5º, segunda mole, ya se habían olvidado de su hermano y volvió la expectación silenciosa, que fue ovación cuando levantó medio burladero, y sólo palmas en las ceñidas verónicas del diestro. Prendió Trujillo dos pares que le hicieron destocarse y el de Alicante, desde el centro, empezó a torear. Bien compuesto, templado con la derecha, mostraba esa elegancia mediterránea del buen hacer levantino, con muletazos lentos, de categoría, que hicieron saltar la alarma. Si el toro no tardea y le liga dos series, estalla allí la tarde. Pinchó, le avisaron, y saludó desde el tercio.

Cuando salía en hombros Talavante, en el cielo madrileño la luna blanca de Resurrección, primera de primavera, tiraba de la tierra para arriba y se llevaba al aire las faenas.

 

SEVILLA.- La impetuosa forma de torear de Alejandro Talavante, premiado con la Puerta del Príncipe, debe interpretarse también como un desafío al que ha respondido 'Morante de la Puebla' con una genial faena, premiada con las dos orejas, en La Maestranza de Sevilla.

Otra tarde con tanto y tan importante que contar de los toreros que no vale detenerse en las molestias de cada día en las gradas de La Maestranza. Habrá tiempo en volver a los incumplimientos de una plaza tan incómoda e insegura, hasta que la Administración tome nota y actúe.

Porque la Puerta del Príncipe que ha estrenado hoy Alejandro Talavante, que ya de por si es algo extraordinario, ha tenido una arrebatadora réplica a cargo de 'Morante de la Puebla'. Los dos, cada uno en su estilo, han puesto nombre a la tarde, ya histórica.

Quizás ninguno de los dos estaba 'picado' de antemano con el otro, pero la impresión es que ambos parecían hoy muy motivados por una competencia nada ficticia. Posiblemente desde la última corrida que torearon juntos en las fallas de Valencia, por una mala interpretación en un quite ('Morante' estaba en su derecho de ir al toro de Talavante al renunciar el otro espada, al que correspondía turno) se la tenían guardada mutuamente.

Algo estupendo, la pasión en el ruedo. También en el tendido se vivió de una forma muy emocionante, haciéndose notar los partidarios de uno y otro en 'olés' y ovaciones que eran explosiones de contento. Y así lo vivió la gran mayoría, la afición de Sevilla, pero sin hacer distinciones. Como debe ser, por aquello de que el buen aficionado es aquel al que más toros y toreros le caben en la cabeza. Y en el corazón, habría que añadir.

Así es como Talavante 'entró' hoy en Sevilla, anidando muy fundadas ilusiones de futuro al conquistar su corazón taurino. Y por su parte, 'Morante', celoso, poniendo todo el arrebato de su mágico toreo para no dejarse ganar en "su" plaza.

Todo se vivió de una forma muy especial. Aunque ahora vengan los tiquismiquis de turno a querer poner puntos sobre unas íes inexistentes. Todo fue verdad hoy en la Maestranza.

Pasión sin reservas, como la que demostró el presidente de la corrida, a quien hay que alabar por su sensibilidad al sacar el doble pañuelo por dos veces seguidas. Sí, señor. A 'Morante' le dio las dos orejas de una vez en el quinto -"una que pide el público por absoluta mayoría, y la otra, la mía. Ahí van las dos"- y lo mismo con Talavante en el sexto. Los complejos para los que saben de esto.

Sencillamente, la locura

'Morante' mostró las dos caras. De inhibirse en su primero, por lo que escuchó una fenomenal bronca, al alboroto en el buen sentido que formó en el quinto. Un 'Morante' desconocido hasta el punto de plantarse de rodillas frente a la puerta de chiqueros. La larga cambiada, resuelta con un casi cuerpo a tierra. Pero ya de pie, las verónicas, como acostumbra, de alhelí, que diría el poeta. La torería para poner en suerte, el quite por delantales y la media.

La faena de muleta, compendio de arte y valor. Sí, valor. Porque no se puede torear tan quieto y tan despacio, tan relajado a la vez si no se tiene mucho valor. Y con tanta personalidad. Hundido el mentón, la cintura rota y descolgado de hombros, media muleta a rastras y todos los remates por debajo de la pala del pitón.

Ahora que vayan al vídeo a ponerle reparos por la mala colocación de la espada. ¿Cómo se podía frenar una apoteosis así? Enhorabuena al presidente.

Y con Talavante algo parecido. Se la jugó de principio a fin, con mucha sinceridad, muy quieto y con mucho aguante, y con extraordinaria torería en todo.

A su primero lo lanceó muy bonito, moviendo el capote con buen estilo. En la muleta lo entendió a las mil maravillas, llevándole a media altura, como pedía el toro. Y fue faena fundamentalmente al natural. Muy metido con el toro, muy ligados los pases, con ajuste y honda interpretación.

El sexto toro estaba en el límite. Pero qué bien lo entendió Talavante. Aguantar y tirar de la embestida haciéndolas cada vez más largas. Un natural duró media faena. No se puede torear más despacio, con más prestancia y verdad.

Otras dos orejas en la tarde. ¡Qué gran tarde de toreros!

El primer espada, Jesulín de Ubrique, no pudo resolver por la falta de toros. Cumplió dos trasteos con profesionalidad pero sin apenas contenido al venirse abajo sus dos toros.

 



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