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Fernando
Sánchez Dragó
10 de julio de
2009. |
Escrito a vuelamuerte. Acabo de enterarme del fallecimiento del mozo
herido esta mañana la
del 10 de julio en el encierro de los Jandilla.
Yo había visto, minutos antes, esa cornada en la
tele.
Lo primero, lamentarlo. De corazón. Palabra .
Lo segundo, unas consideraciones...
Llegarán, ahora estarán llegando ya las jeremiadas
de quienes, en circunstancias como ésta, se rasgan las vestiduras, se
llevan las manos a la cabeza sin saber que el corazón tiene razones
desconocidas por ella y
piden la prohibición de lo que
Hemingway pensaba que es (y sigue siendo, añado yo) la más hermosa
fiesta del mundo.
Y hermosa muerte es también, escogida por él, la
que ese mozo ha tenido.
¿O acaso es mejor morir estúpidamente en la
carretera, de gripe porcina en la UVI de un hospital o apuñalado al
salir de una discoteca?. ¿Deberíamos prohibir los coches ,
los viajes a lejanas tierras, las colonias de verano, los
desahogos festivos de la juventud ...?
Nacer es peligroso, y vivir, más, sobre todo si la
vida se bebe a grandes tragos. Correr en un encierro de San Fermín lo
es: un botellón de felicidad trasegado a gollete. Sé lo que digo. Lo he
hecho en bastantes ocasiones, y no lo lamento. Lo que lamento es no
seguir haciéndolo. A mi edad sería un suicidio.
Rito de paso: hacerse hombre, dejar de ser un
adolescente, enfrentarse a la vida...
Los Masai, en la falla del Rift, corrían para lo
mismo y en idénticas circunstancias de edad y aprendizaje ,
su gran aventura sanferminera. Para convertirse en adultos tenían que
salir de noche, en
solitario, a la sabana, armados con una lanza, y dar muerte a un león.
Ahora se lo han prohibido y están, los pobres, tarumbas. Certifíquenlo
los antropólogos. Toda la filosofía de esa etnia se ha ido a tomar por
saco. Los guerreros de antaño son hogaño pasto de las fotos de los
turistas.
El mozo muerto no era un niño. Todo lo contrario.
Sabía lo que se hacía. Estaba a punto de convertirse en hombre.
Ahora es un príncipe de
Roma: ha muerto como morían allí los héroes, en plena juventud. Su
cadáver es como la fiesta de la novela de Hemingway que así se llama:
hermoso, hermosísimo, viva
moneda que nunca se volverá a repetir.
Honor y fuerza, compañero.
Compañero, digo, porque pudo tocarme a mí.
Has muerto como Rilke: de tu propia muerte.
Sírvate de epitafio lo que escribió Saroyan: como
una flor, como un cuchillo, como absolutamente nada en el mundo.
Así la
rosa.
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