Siete en punto de la
mañana. En cuatro habitaciones de «El Mayoral» suena el
despertador. En la planta segunda del hotel toledano comparten
vivencias, esfuerzos y madrugones los nueve novilleros
concursantes del certamen Puerta Grande, que desde hace más de
dos semanas se baten las horas del día cara a cara. La mañana
pinta bien distinta a la rutina a la que les tiene sometidos con
una disciplina añeja Antonio, el hermano del matador de toros
Sebastián Palomo Linares. Antonio es un hombre amable y con la
sensibilidad suficiente para hacer de profesor, psicólogo y
padre de los chavales. Serio en la preparación física de los
novilleros y fiel a su función de acompañante día y noche, es,
además el conductor del mini bus en el que viajan los
participantes del concurso de Castilla-La Mancha Televisión.
Valentín Mingo, Alberto Lamelas, Daniel Ruedas, José Miguel
Pérez «Joselillo», José Martín, Francisco José Romera, Jesús de
Alba, Sergio Serrano y Juárez Parada se medirán horas más tarde
en el último tentadero de hembras que torearán juntos antes de
las novilladas finales del concurso. En el escenario elegido, la
finca de Alejandro Vázquez, hace un frío helador, que penetra en
los huesos y es necesario un buen puñado de minutos cerca de la
lumbre para despertar las articulaciones. Pero la baja
temperatura de las primeras horas de la mañana no resta ni un
ápice de ambición a los chavales que, nada más llegar, con sus
vestidos en mano, suben a cambiarse en una habitación contigua a
la plaza.
Valentín, Alberto, Daniel, Joselillo, José, Francisco, Jesús,
Sergio y Faustino son los nueve novilleros seleccionados, de los
45 que se presentaron a las pruebas. Haber salido de la quema ya
es el primer éxito, pero todos necesitan alzarse con el triunfo
final, el de verdad, el que se buscarán el 26 de febrero en la
plaza de Tobarra (Albacete), para levantar el vuelo en una
profesión enrevesada y repleta de dificultades.
Retirada. Los participantes no son chavales recién
llegados a la profesión. A pesar de su juventud se han forjado
en mil batallas, algunos en las capeas de la Alcarria, otros
arañando cada oportunidad a cambio de sangre. Alguno, vendido a
la desesperación ante las temporadas en blanco, a punto estaba
de colgar para siempre el vestido de luces en el cuarto del
olvido. Cada concursante arrastra una íntima historia humana que
comienza con el sacrificio de una vocación nacida en la niñez.
La televisión autonómica les ofreció la oportunidad de dar un
giro al destino y con la verdad del que conoce muy bien lo
resbaladizo del terreno que pisa, ahondan en la cotizada
ilusión.
Tres novilladas en la plaza de Tobarra, cada domingo del mes
de febrero, más la final, definirán al ganador de la cuarta
edición de Puerta Grande. Concurso que, a través de las cámaras
de Castilla-La Mancha y las certeras opiniones de José Miguel
Martín de Blas y la matadora de toros Cristina Sánchez, irrumpe
con fuerza en el panorama taurino español, que apenas despierta
del letargo del invierno. Resulta una apuesta fuerte y
apasionada que les exige dedicación absoluta a los novilleros y
entrenamientos propios de cualquier atleta de élite. «Corren 20
kilómetros al día y luego siguen una tabla de ejercicios para
las muñecas, la cintura, abdominales... Tienen que estar muy
fuertes», mantiene Antonio, preparador físico además de
cómplice.
Exprimen los últimos días de retiro, antes de que cada uno
vuelva a su casa a la espera de disputar las tres novilladas
clasificatorias. Pero antes del desenlace queda el tentadero que
está a punto de empezar. Luis, mayoral de la finca, montado a
lomos del caballo de picar ultima los preparativos, mientras los
participantes dibujan lances al viento y bromean con Francisco
José Romera, de quien todos coinciden en afirmar que es el que
más suerte tiene para que le salga la becerra buena.
No hay sorteo, se respetará el orden de antigüedad, por lo
que Jesús de Alba dará comienzo al tentadero. Antes, una voz
sentencia: «Suerte para todos», no era necesario echar la vista
atrás para reconocer el tono del diestro Tomás Campuzano, que
también presenciaba la faena campera. La voz alzada de «puerta»
y se abre la de toriles por la que desfilarán diez vacas de
embestidas vírgenes. Palomo Linares y el banderillero José Luis
Seseña ocupan dos burladeros de la plaza, para aconsejar de
cerca a los novilleros. «Tenía la fuerza cogida por hilos»,
mantiene De Alba al finalizar con la primera, aunque pudo
resarcirse con la última a modo de compensación. Jesús es el más
veterano y pronto asoma su claridad de ideas: «Este es mi primer
tren pero sé que puede ser el último. La novillada será una de
esas tardes en la vida de un torero en la que hay que dejarse
matar. Llevo mucho tiempo en la profesión y conozco lo difícil
que es abrirse paso, así que tiene que ser ahora».
Miserias. Los muchos días de convivencia en Toledo han
generado un clima especial entre ellos. Saben lo que se juegan,
porque conocen muy de cerca las miserias del sistema al que se
enfrentan, pero aunque la competitividad late fuerte y se
respira en cada muletazo, nace el compañerismo con la misma
naturalidad. José Martín no se pierde detalle de la faena de
Joselillo, que aguanta valeroso las muchas miradas de la res y
al final consigue dominarla.
Hace días que los protagonistas conocen la ganadería y los
compañeros con los que se disputarán cada jornada. De ahí que
según las actuaciones de los novilleros tome forma la bola de
ideas cruzadas. «Lo tengo difícil porque me ha tocado con
Joselillo, que tiene mucho oficio, y Romera, que siempre tiene
suerte», comenta José Martín, algo enfadado porque su becerra no
le había dejado sentirse a gusto. A José tan sólo le falta un
año para acabar sus estudios de Administración y Dirección de
Empresas y a pesar de que estoqueó su primer becerro con diez
años, tuvo que esperar algunas temporadas más para afianzarse en
la profesión hasta que el destino se le cruzó disfrazado de
drama: «Tenía hecha una temporada bonita para 2002, pero me
atropelló un choche y estuve un mes en la UVI y otros tantos en
el hospital. He perdido el 30 por ciento de audición del oído
izquierdo y tengo operadas las vértebras. Los médicos me tienen
prohibido torear, pero... Esta es una oportunidad muy buena si
ganas, si consigues ser el número uno, porque se abren puertas y
es más fácil conseguir que alguien te apodere y te lleve las
cosas. La verdad es que si no fuera por Eugenio de Mora, que me
ha apoyado mucho, yo no estaría toreando ahora», comenta
mientras mantiene fija la mirada en la faena fibrosa de Sergio
Serrano, muy forjado en el oficio y con un valor sereno.
A Rufino, en los carteles Juárez Parada, no le ha acompañado
la suerte con la vaca en cuestión, aunque al parecer y entre
risas comentan los concursantes que es habitual. Pero él no se
queja, ni una palabra más alta que otra ni un gesto de desdén.
Al contrario Rufino se muestra feliz: «Este concurso ha sido mi
salvación porque estaba pensando en dejarlo». Lleva toreando
siete años de su vida, pero una vez que debutó con caballos se
quedó parado por lo que ejerció de estructurista, «es un oficio
parecido a la albañilería». Ahora sólo piensa en el 19 de
febrero, su cita en Tobarra: «Tengo muchas ganas de que llegue
ya».
Expresión. En séptimo lugar, Alberto Lamelas demuestra
que ganas no le faltan y mucho menos una ilusión que su rostro
no oculta, mientras Valentín Mingo se siente satisfecho de su
labor en el tentadero: «Yo me he sentido a gusto», y hace
balance del año anterior: «Toreé ocho novilladas, luego tuve un
percance y perdí unas cuantas. Este concurso nos puede dar todo,
es una oportunidad y un lujo».
Cuando iba a salir la vaca de Francisco José Romera se hizo
el silencio en la habitación contigua a la plaza, desde donde se
presenciaba el tentadero. «A ver qué pasa con el de la suerte»,
bromeaba más de uno. Y en verdad que le acompañaron los buenos
presagios y dejó destellos de un toreo de gran calado y
expresión. No baja el nivel el jovencísimo Daniel Ruedas, que
contiene como puede los nervios de debutar con caballos en el
certamen: «Es algo que tenía pensado y qué mejor ocasión que
ahora. Hay mucha ilusión entre mi gente y eso me tensa, pero
estoy disfrutando», afirma.
Más de una calzona rajada se llevó el tentadero, también las
ilusiones de alguno, pero coinciden en que el duelo final
comienza el 5 de febrero cuando las cámaras lleven los esfuerzos
y los resultados al gran público. Hasta entonces, en el mini
bus, camino del hotel hacen balance del día, multiplican los
sueños y ven los vídeos de los toreros grandes, de los que hacen
historia... porque como apuntó Antonio, el guardián, en esta
Operación Triunfo «a las nueve en punto a cenar y de salir, nada
de nada».
Fuente: Patricia Navarro
ABC - Madrid