Dijo
Valle-Inclán a Belmonte:
–Juanito, no te falta más que morir en la plaza.
Y llegó José Gómez Joselito, su máximo competidor, y le ganó
la partida en Talavera de la Reina. A Joselito le habían
enseñado un puñado de espectadores sus entradas en Madrid,
como pidiéndole una entrega sin límites. Para Manuel
Rodríguez Manolete, en aquella temporada de 1947 la presión
era tremenda. Ya le habían aireado varios sectores de la
plaza de Las Ventas sus localidades, como diciéndole que
eran demasiado caras, como pidiéndole su inmolación. Blasco
Ibáñez lo vislumbró en Sangre y arena, “la fiera, la
auténtica fiera, el público”. Manolete, que había anunciado
a sus íntimos que se retiraría ese año para evitar la
cicuta, el veneno, que cada día veía más cerca, por su
obsesiva responsabilidad, moría en el Hospital de los
Marqueses de Linares, tras entregarse hasta las últimas
consecuencias en el coso jiennense.
Quedaban todavía los rescoldos de la guerra incivil cuando
Manolete cumplió con ese deber que lo elevó a los altares de
la historia, porque en lo taurino hacía varias temporadas
que ocupaba el trono de rey de los toreros, ese trono que
precisamente también había ostentado Joselito.
El héroe de la posguerra, Manolete, un ser tímido, salido de
un cuadro de El Greco, que conmovió a la sociedad con su
relación con la artista Lupe Sino, fue un torero de la
montera a las zapatillas. Su primer rasgo, al que sólo
llegan los elegidos, es que llenaba el ruedo con su sola
presencia. Todas las miradas, de profesionales y público,
convergían en él. Desde el momento en el que pisaba el patio
de cuadrillas, se convertía en un ser fuera de lo común, un
torero revestido de un aura especial, que inundaba la esfera
de sol y sombra con su personalidad. Lo segundo, es la
biblia taurina de Manolete, cuyo primer versículo nos habla
de la verdad. Una verdad con la que realizaba cada suerte.
Sus detractores dicen que impuso un toro pequeño, cuando en
realidad, en la posguerra, con las dehesas esquilmadas y las
reses requisadas, como toro se lidiaron utreros y hasta
erales.
El matador de toros Agustín Parra Parrita, uno de sus
ahijados, nos comentaba cierta mañana: “El toro era más
pequeño, pero tenía más movilidad y fiereza. Y todos,
absolutamente todos, jugábamos con las mismas cartas, nos
las veíamos con el mismo tipo de toro. Y era él quien
siempre ganaba”. Esa verdad de su tauromaquia no es simple
literatura de sus apologistas. El maestro Pepe Luis Vázquez,
quien ha sido el torero que más veces toreó con Manolete
–equivocadamente algunos creen en una competencia que apenas
existió con Arruza– nos contaba que Manolete, con un toro
que le echaba la cara arriba y no le dejaba pasar en la
suerte suprema, el maestro de San Bernardo le sugirió que se
tirara a los bajos. Manolete, por toda respuesta, le dijo:
“–Pepe Luis, no puedo hacerlo… es que no sé”. Y continuó
tirándose arriba.
Ya tenemos en el ruedo a un Manolete inalcanzable: un torero
con carisma, casi místico, y que está dispuesto a las
últimas consecuencias. De hecho, en Linares entra a matar
muy despacio a Islero, tan despacio y sin aliviarse lo más
mínimo que la cornada estaba cantada. No es extraño que
después de 60 años de la tragedia de Linares su recuerdo
perviva todavía.
Su legado artístico
Pero, ¿qué queda del toreo de Manolete en nuestros días?
Increíblemente, está todavía tan vivo o más que en su época.
Manolete llega tras un tiempo en el que la línea poderosa y
dominadora de Joselito y la revolución de terrenos y temple
de Belmonte se han conjugado. Con Chicuelo, su padrino, al
que la mayoría de tratadistas únicamente le dan marchamo de
artista, ha llegado la ligazón –varios pases en cadena– que
hacen al público conmoverse. Manolete consigue dar una
vuelta de tuerca más. En su toreo prevalece la ligazón,
asentada en una quietud trascendente, hasta entonces
desconocida. Se queda tan quieto que el público queda
sugestionado hasta el punto de que el toro ya no tiene tanta
importancia. Pero la diferencia por la que arrasa a la
mayoría de sus coetáneos es que a este torero mayestático y
majestuoso, con otro sello suyo, la verticalidad, le sirven
la mayoría de toros.
Otra de las claves de su tauromaquia es que mientras que la
vieja escuela, representada por Domingo Ortega, basa la
lidia en el poder, Manolete utiliza la muleta para esperar
al toro con la tela retrasada y embeberlo sin violencia. En
una de las anécdotas más conocidas de la historia del toreo,
Ortega, que le recriminaba esa cualidad técnica, le dice a
Manolete: “–Hay que poderle a los toros con varios muletazos
de castigo para dominarlos”. A lo que le contesta el
Monstruo: “–Mientras usted hace eso yo ya le he pegado media
docena de naturales”.
Como se puede comprobar, todos los ingredientes de su
tauromaquia continúan cotizando al alza. Y son muchos los
toreros actuales, que incluso sin haberle visto, le
consideran algo más que un ídolo: su dios en la tauromaquia.
José Tomás, el último mito, lleva en sus venas y en su toreo
varias huellas manoletistas. El madrileño también está
revestido de un aura especial cuando pisa el albero, dice su
verdad en el ruedo hasta las últimas consecuencias, en su
toreo prima la verticalidad, ha revestido el pase de la
manoletina de una seriedad y gravedad que había perdido… Son
muchas coincidencias. Por eso, mañana, en su fuero interno,
José Tomás será el manoletista más convencido. Sucederá en
Linares, donde un miura se llevó a Manolete hace 60 años. Le
tributará el homenaje más hermoso que un torero puede
brindarle a otro: le contará con capote, muleta y espada que
después de más de medio siglo su espíritu, el espíritu de
Manuel Rodríguez Manolete está más vivo en los ruedos que
nunca.