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ACCESO VIDEO EL TOREO DE MANOLETE Manuel Rodríguez Manolete (1917-1947), torero español que protagoniza la fiesta durante el primer periodo de la posguerra española y que tiñe para siempre el toreo con algunos de los rasgos de su peculiar personalidad.
Fue un extraordinario
matador, quizás el que con mayor precisión ha realizado a lo largo de la
historia la suerte del volapié y, trágica paradoja, habría de encontrar
ejecutándola la muerte. El 28 de agosto de 1947, después de haber sido muy
discutido la temporada anterior, pues se le acusaba de exceso de comodidades y
de tomar ventajas con los toros que imponía, y de no haber Pero la causa final de la muerte del torero ha permanecido oculta hasta 1997, revelada por el hijo del médico de Linares que atendió al torero, Fernando Garrido. Parece ser que tras la cogida, que había sido grave pero no mortal, el torero había perdido mucha sangre y Fernando Garrido operó y dispuso que se le practicaran las transfusiones de sangre necesarias, cosa que empezó a hacerse. A las pocas horas el torero se recuperó, habló, se fumó un cigarro y hasta preguntó cómo había ido la corrida, aunque seguía débil. Fue entonces cuando llegó el doctor Giménez Guinea, en quién Manolete tenía mucha confianza, y ordenó que se suspendieran las transfusiones y que se le aplicara un plasma noruego: a los pocos segundos de entrar el plasma en la sangre del torero, apareció la muerte.
Manolete, el
Toro
Svenska Dagbladet de Estocolmo. Manolete
era un gran Matador. Según algunos, el mejor que jamás haya existido. Es, en
todo caso, el mejor de cuantos he visto en mi vida. O tal vez no. Yo tenía cinco
años cuando lo ví por primera vez.
Manolete comenzaba su danza mortal con el Toro en mitad del ruedo. Allí esperaba a su enemigo sin dedicarle siquiera una mirada. Dirigía los ojos hacia arriba, al aire vacío, como una Santa Teresa de Jesús. Sabía exactamente dónde, cuando y cómo embestiría el Toro. Nosotros, los pobres espectadores, sobrecogidos y empequeñecidos por la enormidad del instante, conteníamos la respiración. Diez mil silencios vibraban en la atmósfera magnética de luz y de sombra. Entonces irrumpía el Toro, monarca poderoso del Reino del Miedo. La Fuerza Negra. El Dios del Valor y de la Cólera. La encarnación de la Tormenta Cósmica. La Muerte Viviente. Era el movimiento hecho cuerpo, energía, una majestuosa voluntad de lucha a toda marcha. Llegaba, con ímpetus de guerrero, para ser sacrificado. Así tal vez podríamos calmar nuestras almas angustiadas, nuestro miedo cobarde. Yo amaba de verdad al bello Toro, este orgulloso, inocente, sagrado Cristo de la Naturaleza. Pero yo admiraba también al valiente y frágil Manolete que osaba enfrentarse a la muerte cada domingo, bajo el sol, completamente solo en su eterna tristeza, sin una sonrisa. Manolete era mi propio miedo, el miedo de diez mil hombres transformado en una danza mágica ahí abajo, en la arena. El hombrecito y el Dios de la Muerte. El hombrecito debía matar al dios para toda la eternidad... hasta el domingo siguiente. Y así llegó
el último Domingo, que era en realidad un jueves: el 28 de agosto de 1947. El
Toro era un Miura grande, hermoso, armonioso. Se llamaba Islero. Casi
setecientos kilos. Manolete hizo una elegante La trompeta anunció el acto de matar. Manolete saludó al público girando en redondo con un gesto melancólico. Era la hora. La espada refulgió bajo el sol. La orquesta guardó silencio. Un sagrado recogimiento estremeció al público. Algún idiota tosió en los tendidos de sombra. Manolete esperó. Silencio. Suspenso. La brisa de la tarde se detuvo, temerosa, detrás de los burladeros. Hay en el drama del toreo un solo instante en que los papeles se invierten: el Toro espera y el Matador embiste. Ese instante terrible, fugacísimo, es el de la suerte de matar. El Toro ha sido herido, torturado, acosado, pero no está agonizante. Está vivo a todo trapo. Está cansado y débil, pero también furioso y lleno de valor. Quiere luchar y matar. Ahí está, esperando la embestida del hombrecito. Fue
precisamente en este instante en que se decidió el destino de Manolete. Islero Manolete llegó con vida al hospital. Una hora más tarde pudo incluso fumar un cigarrillo y comentar: "De verdad Islero quería que yo le acompañase en la muerte". Había perdido muchísima sangre pero el médico pudo constatar que estaba fuera de peligro. Yo no estaba allí de testigo, porque esto ocurrió en Linares, allá lejos en España. Pero yo recuerdo, por supuesto, todos los detalles del suceso. Yo tenía ocho años y era un fanático adepto del toreo. La muerte de Manolete fue durante muchos meses el principal tema de conversación de la familia. Muchas veces repetimos el desarrollo de la tragedia, minuto a minuto. Mi papá decía que la novia de Manolete, Lupe Sino, cuyo verdadero nombre era Antoñita Bronchales, había dado muestras de gran valor y serenidad ante la muerte de su amado. Antoñita era, además, muy bonita. Yo me preguntaba en silencio qué fuerzas oscuras habían impulsado a Antoñita Bronchales a cambiar su nombre de novela fantástica por un nombre de novelita cursi. Islero era un toro heroico. Había sido elegido por la Naturaleza para la misión de matar al matador. Cada matador camina al encuentro de su destino y se encuentra con él, tarde o temprano. Cada matador tiene su Islero que espera allá adelante, en el futuro iluminado por el sol, en medio de la arena. Así pensaba yo cuando era niño. El equilibrio natural debía mantenerse, la armonía de la naturaleza debía reinar, la vida y la muerte tenían la misma dignidad y el mismo valor en la insondable inmensidad del universo. No había factores perturbadores. Solamente las eternas fuerzas de la naturaleza decidían el destino final de sus criaturas. Pero hete aquí que ahora aparece alguien que dice: "No, señores, no fue Islero quien mató a Manolete. Fueron los noruegos. No lo hicieron a propósito, pero la muerte de Manolete se debe a ellos".
Yo me niego a creer en esta investigación impropia, imprudente e irrespetuosa. Incluso yo, que ya no soy adepto de las corridas de toros, tengo derecho a conservar mis propios mitos y a creer en ellos. ¿Qué haría un ser humano sin mitos, a dónde iría, dónde recogería consuelo y sensatez en medio de la enajenación de la existencia? Si la verdad científica le va a arrebatar a Islero su bien ganada y bien merecida gloria de vengador sagrado, no quiero la verdad científica. Los noruegos no tienen nada que ver con el misterio del toreo. No es que yo pretenda azuzar a las muchedumbres contra ningún pueblo en particular, pero estoy convencido de que los noruegos no son especialmente competentes en estos asuntos del arte de torear. Ya lo he dicho: ya no soy adepto de este circo sangriento y cruel. Preferiría ver a los toros furiosos, en todo el esplendor de su cólera, en su medio natural. Preferiría que la naturaleza hiciera con ellos lo que se le antojase en su ciega y majestuosa gana. Pero yo creo, eso sí, en el mensaje simbólico y dramático del toreo: el ser humano está condenado por la naturaleza. El ser humano no puede dejar de desafiar al destino, de matar a otros seres vivientes, de indagar cruelmente, implacablemente, su propia alma, destruyendo sus propias condiciones de existencia. El ser humano necesita crear bellos y excitantes espectáculos con sus peores crímenes, necesita edificar una cultura fundada en la negación de la cultura. El ser humano es una paradoja viviente, un pequeño, minúsculo, insondable misterio sin límites.
C.V. Estocolmo, 1997.
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