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El 'Duende' de Juan Mouíren

 

la muleta de "el cordobés"

por Juan Mouíren

"Un hombre que camina a pasitos lentos hacía el toro es un hombre que camina sobre el mar".

Miguel Guerra de Cea.

Varias veces en mis sueños de niño he caminado sobre el mar, en la realidad solo lo pude hacer en la calle y escasas veces hacía las becerritas con las cuales me enfrentaba .

 

   


    Manuel Benítez "El Cordobés" él, en sus momentos de histeria !se les subía al lomo !.
    Múltiples cogidas, contusiones y cornadas le inflingieron los toros pero el siempre siguió con la misma ilusión de enamorar al público. seducir a los más severos y catedráticos.

A los que le preguntaban porque después de tantos años de torear seguía con la misma necesidad de triunfar de los toros como del público, el solía contestar con su sonrisa de siempre que "el hambre inflingía más cornadas que los toros". Yo, que siempre he pisado el suelo de las placitas con cautela y respeto hacía el de negro vestido, siempre me acordare de una voltereta durante la cual vi hasta el campanario de la iglesia del pueblo situado a tres kilómetros de la placita de tienta... había salido de segundo, después de Curro Caro que con su oficio y movilidad me había dejado pensar que la vaquilla era buena. Tenía un cuerno roto y sangriento y elegí colocarme de este lado para pegarle en absoluta confianza una tanda de derechazos, pero así no fue. La becerra (que tenía tres años cumplidos) tenía poca embestida y había aprendido ya el oficio... me coloque a buena distancia, cite al pitón contrario en toda ley y avance la pierna, ella metió la cabeza en la muleta pero a media embestida busco el cuerpo y lo encontró. El capote salvador de Diamante Negro terminó por llegar hasta mi y me quitó de encima la vaca que furiosa me buscaba en el piso con el pitón que le quedaba. Me levante rabioso y quise volver a empezar cambiando los terrenos y dándole la salida hacía los toriles, pero fue la misma historia...
aunque me haya acercado más tuve que padecer otra cogida que me quitó las ganas de volver a empezar aquel día. Tenía 27 años y al recoger mi muleta y al sacudirla para desempolvarla me acordé.
    Esa muleta me había sido regalada 16 años antes cuando me dedicaba a recolectar machos colgando de las hombreras de los toreros. Todavía no habíamos encontrado como despojar de los trajes de los toreros sus atributos varoniles con una hoja de afeitar envuelta en cinta adhesiva de por un lado para no cortarnos las manos, y había efectuado la vuelta al ruedo colgado de la hombrera del Cordobés que acababa de volver al toreo y había venido en plaza de Palavás para darle la alternativa al torero francés Patrick Varin. Manuel Benítez en sus triunfos era un hombre generoso y le gustaba que la puebla le sacara lo que pudiera, así que solo cuando sentí que la hombrera entera se estaba desprendiendo del traje abandoné mi idea de robarle un macho.
    Pero tuvimos el tiempo de conversar, no tuve el coraje de pedirle si se lo podía arrancar de una, pero se me ocurrió decirle que era aprendiz torero y que me hacía falta dinero para comprar trastos, este en su inmensa bondad me dijo: "Niño tengo que torear toda la temporada y necesitaré de mis trastos pero el 28 de Septiembre toreo en Nîmes, si quieres venir a verme te regalaré una muleta". Fue la temporada más larga de mi vida, el gran Manuel Benítez "El Cordobés" me iba a regalar una muleta de verdad, y yo en mi ingenuidad de niño la iba a esperar como un don de Dios. Después, con los años uno se desengaña y se da cuenta que en el mundo de los adultos pocos son los que cumplen con sus palabras. Pasamos la temporada dedicándonos a nuestro pasatiempo favorito; ver corridas de toros sin pagar, trepando por las rejas, engañando o amenazando los celadores con gases lacrimógenos, introduciéndonos por los toriles subiendo al camión que traía el ganado o infiltrándonos en el momento en que pasaban los toreros la puerta del patio de caballos con la complicidad del mozo de estoques, un capote bajo el brazo. Obviamente cada salida a hombros era sancionada por la pandilla con la sustracción de uno o varios machos, ya que habíamos descubierto el uso de la hoja de afeitar que nos proporcionaba discreción y de hecho impunidad.
    Llegó el mes de Septiembre y toreo en Nîmes "El Cordobés". Al terminar la corrida salté al ruedo y me acerqué a Don Manuel y le hice recordar que me había prometido una muleta iniciando la temporada. El dijo "por supuesto que me acuerdo, pásate al hotel y allí te la entregaré". Llegué a los pocos minutos en el hall del hotel Imperator en el medio de la muchedumbre que había querido ver de cerca al "fenómeno", vi alzada en los aires por el brazo del mozo de espadas de Don Manuel la muleta tan codiciada. "Espera un momento me dijo el mozo, no te vayas que Manolo quiere conocerte", subimos por las escaleras y llegamos hasta una puerta donde por lo menos una decena de mujeres esperaban a que saliera el torero, una de ellas pasó entre las muchas que se amontonaban y estas se quejaron preguntando en voz alta ¿ Y esta que cree ?, ¿ Cree que se le está todo permitido y que puede pasar antes que nosotras ?", "c'est que moi je suis sa femme", respondió la señora en un francés perfecto. Entré con ella y con el mozo de estoques en la habitación donde Manolo terminaba de ducharse, estábamos los cuatro esperando, ella parada, yo sentado en la cama con mi muleta entre las manos y el mozo preparando el traje que iba a tener que limpiar. "El Cordobés" salió de la ducha, echó delante suyo con un vaporizador un medio litro de agua de Colonia y se puso dentro de la nube de perfume que lo envolvió. Se sentó a mi lado envuelto en una toalla de baño, conversamos un ratito y me puso en la muleta una hermosa  dedicatoria: " Con mucho cariño y que tenga la suerte que yo he tenido".
    Manuel Benítez no tenía buena ortografía pero tenía el corazón en las manos, caminaba a pasitos lentos hacía los toros como Jesús caminaba sobre el mar, y en sus momentos de delirio hasta se les subía en el lomo. Además de ser un gran torero, ese día me demostró a mi que en la palabra de algunos hombres si se podía confiar y que algunos como él, nunca olvidarían de donde habían salido.

    Le agradezco mucho Don Manuel por haber pisado los ruedos de nuestras plazas, por haber tirado a los pobres desde los balcones de sus habitaciones de hoteles maletines llenos de billetes, enseñándonos en cada momento que existen hombres de verdad, que nunca se olvidan de donde vienen ni se esconden detrás de la máscara de la fama para despreciar y rebajar a los humildes. Ojala un día volvamos a encontrarnos para que se lo pueda recordar y tal vez demostrarle mi gratitud regalándole un cuadro que lo represente.


 

 


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