"Un hombre que camina a pasitos
lentos hacía el toro es un hombre que camina sobre el mar".
Miguel Guerra de Cea.
Varias veces en mis sueños de niño he caminado sobre el mar, en la realidad solo
lopude hacer en la calle y escasas veces hacía las becerritas con las
cuales me enfrentaba .
Manuel Benítez "El Cordobés" él, en sus momentos de histeria
!se les subía al lomo !.
Múltiples cogidas, contusiones y cornadas le inflingieron los toros pero el
siempre siguió con la misma ilusión de enamorar al público. seducir a los más
severos y catedráticos.
A los que le preguntaban porque después de tantos años
de torear seguía con la misma necesidad de triunfar de los toros como del
público, el solía contestar con su sonrisa de siempre que "el hambre inflingía
más cornadas que los toros". Yo, que siempre he pisado el suelo de las placitas
con cautela y respeto hacía el de negro vestido, siempre me acordare de una
voltereta durante la cual vi hasta el campanario de la iglesia del pueblo
situado a tres kilómetros de la placita de tienta... había salido de segundo,
después de Curro Caro que con su oficio y movilidad me había dejado pensar que
la vaquilla era buena. Tenía un cuerno roto y sangriento y elegí colocarme de
este lado para pegarle en absoluta confianza una tanda de derechazos, pero así
no fue. La becerra (que tenía tres años cumplidos) tenía poca embestida y había
aprendido ya el oficio... me coloque a buena distancia, cite al pitón contrario
en toda ley y avance la pierna, ella metió la cabeza en la muleta pero a media
embestida busco el cuerpo y lo encontró. El capote salvador de Diamante Negro
terminó por llegar hasta mi y me quitó de encima la vaca que furiosa me buscaba
en el piso con el pitón que le quedaba. Me levante rabioso y quise volver a
empezar cambiando los terrenos y dándole la salida hacía los toriles, pero fue
la misma historia...
aunque me haya acercado más tuve que padecer otra cogida que me quitó las ganas
de volver a empezar aquel día. Tenía 27 años y al recoger mi muleta y al
sacudirla para desempolvarla me acordé.
Esa muleta me había sido regalada 16 años antes cuando me dedicaba a recolectar
machos colgando de las hombreras de los toreros. Todavía no habíamos encontrado
como despojar de los trajes de los toreros sus atributos varoniles con una hoja
de afeitar envuelta en cinta adhesiva de por un lado para no cortarnos las
manos, y había efectuado la vuelta al ruedo colgado de la hombrera del Cordobés
que acababa de volver al toreo y había venido en plaza de Palavás para darle la
alternativa al torero francés Patrick Varin. Manuel Benítez en sus triunfos era
un hombre generoso y le gustaba que la puebla le sacara lo que pudiera, así que
solo cuando sentí que la hombrera entera se estaba desprendiendo del traje
abandoné mi idea de robarle un macho.
Pero tuvimos el tiempo de conversar, no tuve el coraje de pedirle si se lo podía
arrancar de una, pero se me ocurrió decirle que era aprendiz torero y que me
hacía falta dinero para comprar trastos, este en su inmensa bondad me dijo:
"Niño tengo que torear toda la temporada y necesitaré de mis trastos pero el 28
de Septiembre toreo en Nîmes, si quieres venir a verme te regalaré una muleta".
Fue la temporada más larga de mi vida, el gran Manuel Benítez "El Cordobés" me
iba a regalar una muleta de verdad, y yo en mi ingenuidad de niño la iba a
esperar como un don de Dios. Después, con los años uno se desengaña y se da
cuenta que en el mundo de los adultos pocos son los que cumplen con sus
palabras. Pasamos la temporada dedicándonos a nuestro pasatiempo favorito; ver
corridas de toros sin pagar, trepando por las rejas, engañando o amenazando los
celadores con gases lacrimógenos, introduciéndonos por los toriles subiendo al
camión que traía el ganado o infiltrándonos en el momento en que pasaban los
toreros la puerta del patio de caballos con la complicidad del mozo de estoques,
un capote bajo el brazo. Obviamente cada salida a hombros era sancionada por la
pandilla con la
sustracción de uno o varios machos, ya que habíamos descubierto el uso de la
hoja de afeitar que nos proporcionaba discreción y de hecho impunidad.
Llegó el mes de Septiembre y toreo en Nîmes "El Cordobés". Al terminar la
corrida salté al ruedo y me acerqué a Don Manuel y le hice recordar que me había
prometido una muleta iniciando la temporada. El dijo "por supuesto que me
acuerdo, pásate al hotel y allí te la entregaré". Llegué a los pocos minutos en
el hall del hotel Imperator en el medio de la muchedumbre que había querido ver
de cerca al "fenómeno", vi alzada en los aires por el brazo del mozo de espadas
de Don Manuel la muleta tan codiciada. "Espera un momento me dijo el mozo, no te
vayas que Manolo quiere conocerte", subimos por las escaleras y llegamos hasta
una puerta donde por lo menos una decena de mujeres esperaban a que saliera el
torero, una de ellas pasó entre las muchas que se amontonaban y estas se
quejaron preguntando en voz alta ¿ Y esta que cree ?, ¿ Cree que se le está todo
permitido y que puede pasar antes que nosotras ?", "c'est que moi je suis sa
femme", respondió la señora en un francés perfecto. Entré con ella y con el mozo
de estoques en la habitación donde Manolo terminaba de ducharse, estábamos los
cuatro esperando, ella parada, yo sentado en la cama con mi muleta entre las
manos y el mozo preparando el traje que iba a tener que limpiar. "El Cordobés"
salió de la ducha, echó delante suyo con un vaporizador un medio litro de agua
de Colonia y se puso dentro de la nube de perfume que lo envolvió. Se sentó a mi
lado envuelto en una toalla de baño, conversamos un ratito y me puso en la
muleta una hermosa dedicatoria: " Con mucho cariño y que tenga la suerte que yo
he tenido".
Manuel Benítez no tenía buena ortografía pero tenía el corazón en las manos,
caminaba a pasitos lentos hacía los toros como Jesús caminaba sobre el mar, y en
sus momentos de delirio hasta se les subía en el lomo. Además de ser un gran
torero, ese día me demostró a mi que en la palabra de algunos hombres si se
podía confiar y que algunos como él, nunca olvidarían de donde habían salido.
Le agradezco mucho Don Manuel por haber pisado los ruedos de nuestras plazas,
por haber tirado a los pobres desde los balcones de sus habitaciones de hoteles
maletines llenos de billetes, enseñándonos en cada momento que existen hombres
de verdad, que nunca se olvidan de donde vienen ni se esconden detrás de la
máscara de la fama para despreciar y rebajar a los humildes. Ojala un día
volvamos a encontrarnos para que se lo pueda recordar y tal vez demostrarle mi
gratitud regalándole un cuadro que lo represente.