|
El torero de Joselito y Belmonte (películas antiguas)
Juan Belmonte (1892-1962), matador de toros español cuya personalidad y concepción de las suertes de capa y muleta inauguran el toreo moderno.
Juan Belmonte fue un hombre inquieto, gran
lector y autodidacta, manteniendo buena amistas con muchos intelectuales de su
época.
"Los centenares de cogidas que sufrió en estos primeros años —se lee en Los toros de Jose María Cossío— le rodeaban de una leyenda extrataurina que cuajó en el entusiasmo de algunos hombres de letras y artes, que le convirtieron en su ídolo, y plasmaron como aureola toda una teoría patético-estética que nada tenía que ver con el arte del toreo, auténtica profesión del diestro, pero que contribuía a difundir la popularidad de Belmonte en ambientes alejados de los cosos taurinos. La frase que Don Ramón del Valle-Inclán solía repetir al diestro: "No te falta más que morir en la plaza", es un certero resumen de los que estos artistas pensaban y sentían sobre el toreo de Belmonte.
Juan Belmonte es el padre del toreo tal como se lo conoce hoy en día.
La aparición de Juan Belmonte en los ruedos
produjo estupor y en todos los ámbitos circuló la famosa frase de Rafael Guerra
'Guerrita' que decía: "Así no se puede torear, el que quiera verlo que se dé
prisa, porque ese durará un suspiro". El puso en práctica los tres tiempos de la lidia: parar, templar y mandar, a lo que más tarde agregó cargar la suerte. Toreó más cerca del toro que nadie y ninguno ha realizado como él la serie de verónicas o el pase natural.
Desde que el 2 de mayo de 1914 coincidiera por primera vez en el cartel junto a José Gómez Ortega Joselito, hermano menor de el Gallo, la competencia entre los dos toreros fue inmediata y fecunda para la fiesta, contraponiéndose el estilo antiguo, de pies y de dominio de Joselito, al innovador, circular, trágico y profundo de Juan Belmonte. La temporada de 1915 rivalizaron cuatro veces, en Sevilla y Madrid, en sendos mano a mano, y otra más en Málaga.
La temporada de 1917 fue quizás la más
gloriosa de su carrera, tanto que se bautizó como el año de
La muerte de José Gómez Ortega en 1920, dejó solo a Juan en la cumbre del mundo taurino, un golpe del que no se repondría nunca, por más que depurase todavía más su forma de torear. Se retiró definitivamente, y de forma premonitoria, poco antes del inicio de la Guerra Civil. Al cabo de 25 años, se dice que de penas de amor, el 8 de abril de 1962 se quitó la vida en su finca de Utrera.
El toreo de Belmonte, que supuso una completa revolución en las reglas del arte, fue evolucionando con los años desde una colocación frente al toro entre los cuernos, citando con la panza de la muleta a pitón contrario en terrenos que ningún torero había pisado nunca, hacia un toreo más clásico y hondo al final de su carrera; en todo caso genial de concepción y embriagador. Frente al inmenso valor y al revolucionario acoplamiento total con los toros de Belmonte, su rival Joselito esgrimía la perfección del toreo clásico, del que fue el máximo exponente, y el dominio de la técnica de todas las suertes. Joselito era la elegancia corporal, Belmonte, con su contrahecho cuerpo, era la inspiración y la genialidad de la danza.
Desde 1914 España se divide entre gallistas y belmontistas. Se ha llegado a decir que la división entre aliadófilos y germanófilos no fue sino una politización innecesaria de la pugna sustancial entre los de José y Juan. Con ambos llega un nuevo concepto de la tauromaquia, la creación de grandes plazas -como la Monumental de Las Ventas, impulsada por Joselito- y el acercamiento de los intelectuales a la Fiesta, mérito de Belmonte, que desde novillero se aficionó al trato de Valle-Inclán, Pérez de Ayala, Romero de Torres y otros artistas taurófilos. Es famoso el diálogo con Valle: - Ahora, Juan, ya sólo te queda morir en la plaza. - Se hará lo que se pueda, don Ramón, se hará lo que se pueda. A veces, Belmonte se quedaba a dormir en el estudio de Solana o de Vázquez Díaz, a sus anchas entre libros y cuadros. Y no era una pose. Cuenta Josefina Carabias que Paco Madrid, compañero de las primeras capeas, le aseguró que junto a la espuerta con el utillaje taurino llevaba siempre otra llena de libros: «Un torero más leído y más bañado no lo ha habido ni lo habrá jamás». Con el dinero y la gloria llegaron los contratos para América, llenos de aventuras increíbles en el México de la revolución o en la Lima encantadora y colonial, que le recordaba a Sevilla y en la que encontró esposa, aunque muy flaca para los gustos de entonces. ¿Cogidas? Todas. Pero la peor fue la de Joselito. Habían llegado José y Juan a ser grandes amigos. Del mismo modo que José acabó toreando en los terrenos de Juan, y Juan aprendiendo la técnica de José, aunque con limitaciones físicas, sus dos personalidades se fueron hermanando. Viajaban juntos en el tren y se cambiaban de vagón al llegar a las estaciones, para no defraudar. Joselito, que lo tenía todo, era muy desgraciado en amores. El día antes de su muerte, torearon en Madrid y Gallito le dijo a Belmonte que debían retirarse, porque así no se podía torear. Juan estaba de acuerdo. Fue una tarde horrible. José canceló la corrida madrileña del día siguiente y se fue a torear a Talavera. Allí le esperaba la muerte. Belmonte murió con él. Luego se retiró dos veces, rejoneó, tuvo cortijo, ganado y millones. Envejeció lentamente, entre Madrid, Sevilla y su finca de Utrera. De vez en cuando se le veía en «Los Corales», con sus gafas negras, hablando poco y del tiempo. Tenía en la boca la tristeza de la muerte que fue de otro. Con 70 años, se enamoró sin esperanzas de una flamenca muy joven. Una tarde, salió a pasear a caballo, arreó el ganado, contempló el ocaso, volvió a la casa, subió a su habitación y se pegó un tiro.
Seleccione la imagen para regresar al principio |
|
G.L.U. Copyleft 2.005
Diseño y Edición - Webmaster Mª S. Reyes Aguirre Sánchez
|