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El 'Duende' de Juan Mouíren

 

Aprendí el sentido de la palabra dignidad una tarde de Agosto, poco antes de cumplir mis doce años...

por Juan Mouíren

"La vida no es lo que uno ha vivido, es lo que uno recuerda y como lo recuerda".
Gabriel García Márquez.


                                                            
    Aprendí el sentido de la palabra dignidad una tarde de Agosto, poco antes de cumplir mis doce años.

    Después de muchos años de afición a los toros (tuve mi primera corrida de toros con cuatro años en Arles, y recuerdo que participaba Antonio José Galán, en paz  descanse, vestido de tabaco y oro) y varios años de entrenamiento, me hicieron debutar en la placita de Bellegarde (Francia), el 26 de Abril de 1978, poco antes de cumplir once años. La becerra pertenecía a la ganadería de Aymé Galón y mi papá la había elegido "colorada ojo de perdiz, calcetera y bragada", era a penas más alta que un perro y nunca supe su nombre pero me proporcionó el mayor triunfo de mi corta carrera de torerito. Llevaba puesto mi primer traje hecho a medidas, pero los trastos eran compuestos de un capote que Paquito Leal había desenterrado en el matadero en unas de sus incursiones nocturnas, cortado a sus medidas, y de una muleta casera cosida por mi mamá.

    Ese mismo día hacía su presentación otro torerito, compañero de juegos del barrio, Frederic Leal y los dos éramos tan pequeños que tuvimos que compartir la  becerra porque se suponía que no íbamos a ser capaces de asumir sus embestidas solos durante el cuarto de hora que solía durar la lidia. Aquel día todo me parecía relumbrante y nos bañaba una luz extraña que nos hacía sentir en un mundo diáfano, despejado de toda nube. Cuando salió la becerrita Frederic Leal la recibió de tres largas afaroladas de rodillas, cada una severamente sancionada por una voltereta, yo, en toda sencillez la recibí con cuatro lances de capotes perfectos rematados por una media verónica en el centro del ruedo. Todos tenían miedo a que no seamos capaces de asumirla pero la competencia entre los dos niños y la entrega de un público cómplice hicieron que le pegáramos algo como cuarenta pases cada uno... y tuvieron que detenernos porque queríamos seguir toreando esta becerra sin complejos que repetía sus embestidas sin cesar y nos hizo pensar ese día por lo menos que éramos toreros.

    Nuestra presentación había sido precedida de un gran articulo en el periódico "Liberación" cuya portada decía "sueños de toreros" y una reseña de dos páginas en que contaban cuales eran nuestras vidas, en que medio ambiente nos desarrollábamos y a mi pesar revelaban que seguía yo durmiendo con un osito de peluche azul llamado "colega".

   Después de lo que los dos y la gente que nos impulsaba habíamos considerado como un gran éxito se sucedieron las becerradas, con los altos y bajos del
aprendizaje.

    Pero una tarde de Agosto del año siguiente, llegue yo primero a la plaza de un cortijo donde nos habían contratado para repetir lo que había sido nuestro mayor éxito. Llegue vestido cerca de las tres y media de la tarde, pensando que el acontecimiento debía empezar a las cuatro, cuando en realidad estaba previsto para las cinco... no se por cuales oscuras razones la hora se retrasó hasta las seis y finalmente  el festejo empezó a las siete !!! Durante la larga espera
escapando la vigilancia de mi papá que no tuvo la buena idea de hacerme desvestir, me acerque a los toriles y me subí a ver lo que nos esperaba...
obviamente las reses habían crecido un poco con nuestra edad, pero vi los dos toros con los cuales se iba a enfrentar un rejoneador que debía actuar esa misma tarde. Me entró un miedo espantoso, que se transformó en pánico a medida que pasaban las horas. Traté de explicarle a mi padre que quería marcharme, que no quería torear esta becerrada y que la espera se hacía demasiado larga. Este, con toda la paciencia del mundo me dio una lección de coraje y de animo que no debía olvidar durante el resto de mi vida y que iba a hacer de mi el hombre que soy hoy en día. Me explicó que el traje que llevaba puesto señalaba un compromiso que tenía con la empresa y sobre todo conmigo mismo... que jamás nadie me había obligado a elegir este camino, ni menos a vestirme de torero aquel día, que estaba de acuerdo para que nos marcháramos pero que si lo hacíamos, yo no podría volver a mirarme al espejo y que el resto de mis días se vería afectado por esta decisión.

    Me dijo que lo mejor para mi era justificarme ante la becerrita que me esperaba y me convenció... esperé la hora fatídica con el miedo agarrado al vientre y cumplí con mi deber, Frederic Leal aquel día lloró y los dos dimos una merecida vuelta al ruedo, yo radiante por haber vencido mi pánico y el, que siempre demostraba un coraje inquebrantable, llorando por las múltiples volteretas que le había infligido la becerra... yo también las había padecido y todavía las recuerdo pero el triunfo para mi era interior, aquella tarde mi camino de hombre había emprendido otro rumbo y mi papa, persona sabia y responsable me dio ese día la oportunidad de enfrentarme conmigo mismo. Había con doce años aprendido el valor y la dignidad.

    Seguí toreando hasta la edad de quince años pero creo que aquella tarde de Agosto se habían desvanecido mis sueños de ser torero... había cumplido con algo mas grande aún, todavía no era capaz de entenderlo, pero hoy se que esa tarde fue una de las más importantes de mi vida... a pesar de las múltiples dificultades que impone la existencia y de sus trampas, iba a convertirme con los años en un hombre que no renunciaría a sus sueños, que no se rendiría ante la adversidad.

    Papá, gracias por la lección... quiero que sepas que siempre la recordaré y que a diario me ayuda a ser quien soy.

    Frederic Leal, a pesar de los llantos y de haberse alejado de los toros un buen tiempo seguramente por las mismas razones que yo... volvió a torear y se hizo matador de toros en Arles una mañana de Abril - coincidencia - y toreo como matador de toros enfrentándose con las ganaderías mas duras; Miura, Palha etc... casi únicamente en la ciudad de Arles.

    Hoy Frederic, junto a su hermano Paquito son banderilleros en la cuadrilla de Medhi Savalli, novillero Arlesino y su hijo Marco Leal esta mostrando la punta de la nariz en el escalafón de los novilleros... dicen por allí que demuestra buena voluntad, pero en este mundo dentro del mundo, en el planeta de los toros, solo el tiempo dirá lo que será de su suerte.

    En todos los casos creo que todos los niños que un día se enfrentaron con el toro, cualquier sea su edad o su tamaño aprenden una conducta, un código que es el código de la responsabilidad, de la dignidad y del honor...

    A todos los que grandes o pequeños, figuras o humildes, un día pisaron el suelo de una plaza.



 


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