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por Juan
Mouíren

Gildas Gnafoua había nacido en el pueblo del Sambuc
cerca de Arles por casualidad, y por casualidad nació de una mamá blanca y de un
papá de Costa de Marfil. Por el azar de la vida se le murió la mamá cuando tenía
seis añitos en un accidente de carretera, el padre ya se había marchado a Paris
y había vuelto a hacer su vida con una señora de su raza. Las casualidades no
serían casuales si no fuesen acompañadas de azares y coincidencias. Por el azar
este niño medio africano, se crió en este pueblo de treinta casas, situado en
plena marisma de Camargue, rodeado de decenas de ganaderías de toros con los
cuernos en lira que sirven para las corridas camarguesas, pero también de varias
ganaderías de bravos, visto que el suelo no da para otra cosa que para el
cultivo del arroz y la crianza del ganado. Como es una región de gran tradición
taurina muchos se dedican a ambas actividades; El arroz proporcionándoles como
subsistir y los toros la grandeza y la emoción de una tierra casi virgen, donde
las olas del mediterráneo vienen a romper en las inmensas playas de arena fina
que bordean los cercos de las ganaderías.
Gildas creció preguntándose como el que era negro, podía estar allí metido, tan
lejos de lo que podía ser la tierra de los leones y de los Betés, sus familiares
y antepasados. El negrito creció en un mundo que desconocían sus genes y donde
solo el aspecto salvaje de la tierra y el color de las reses le podían
proporcionar algo que le parecía... digo yo. Lo criaron con mucho cariño sus
abuelitos, pero poco tenía que ver con ellos, empezando por el color de la piel,
y el niño fue creciendo como un niño salvaje en el medio de la marisma y de sus
tierras saladas, buscando a alguien que contestara sus preguntas que no tenían
respuestas.
La vida hizo que por coincidencia, se haya instalado en aquel pueblo, un matador
de toros retirado, Antonio Montiel, que refugiándose en el medio de la nada,
vivía con los recuerdos de sus sueños de grandeza, contándole al niño negro
anécdotas que seguramente nunca había vivido, pero aprendido a lo largo de la
dura experiencia que era en ese entonces el hecho de querer hacerse matador
fuera de España. Le inyectó en la sangre negra que le corre en las venas, la
pasión de los toros negros y le dio una identidad. El negrito, con el nombre
francés que le había dado su mamá desaparecida y el apellido africano heredado
por su escurridizo padre, ¡se llamaría Diamante Negro y sería torero!.
Una noche en que Paco Manuel "Termita" me vaciló para ir a torear a la luz de la
luna las becerras de una ganadería de camargueses en un cortijo cerca al Sambuc,
Diamante Negro entró en mi vida saliendo a escondidas con otra sombra más
clarita llamada "El lobo", escapando por la ventana de la casa de sus abuelos en
el medio de una semi oscuridad que nos permitiría pegar unos pases, cada uno a
su turno,
los demás escondidos en la hierba, para no llamar demasiado la atención y estar
presentes en caso de peligro inmediato.
Yo ya era un padre de familia, y esto para mi era un juego, había aceptado para
recordar los años en que casualmente me dedicaba a estas escapadas nocturnas, y
por el amor al riesgo de ser descubiertos, pero los niños, ellos, no iban en
bromas. Hubieran ustedes tenido que ver al pequeño Lobo de 12 años correr detrás
de las vacas protegiendo a sus crías y agarrarse del cuello de las que se
retrasaban para separarlas de la manada. Nosotros, los grandes, nos
contentábamos de mirarlos mientras separaban las reses, pero una vez hecho el
trabajo pesado de
separar y arrinconar una becerra, no nos resistimos y cogimos la muleta para dar
unos pases tímidos al principio, pero que terminaron de rodillas y por mi parte
una vez la vaquilla rendida, con un desplante a la Chamaco, tirando de un lado
los trastos y presentando, muerto de la risa, el pecho a la becerrita exhausta.
"Respeten, no jodan" gritaban los niños para que les devolviéramos los trastos,
ellos también tenían ganas y poco les habíamos dejado, así que tuvimos que
ayudar a separar unas cuantas crías más y el juego duró buena parte de la noche.
A los pocos meses El Lobo con trece añitos hizo su presentación en novillada sin
picadores en plaza de Arles, a pesar de la ley, y Diamante Negro siguió sus
pasos poco tiempo después. Las primeras novilladas fueron algo complicadas para
el, era un chico muy emotivo que tenía que hacerse violencia para desempeñar y
soltar su personalidad en pista, y recuerdo que una cornada recibida por un
compañero de
cartel, Morenito de Arles, en una novillada de promoción en Lunel, le había
dificultado mucho la actuación.
Pero el porte, la personalidad, las cualidades físicas propias de los africanos,
y lo que la técnica le iba a dar de seguridad estaban haciendo de él, el
novillero que todo el mundo tenía que ver. El mismo, me dijo que el valor le
llegó con el conocimiento y la práctica, la técnica le fue ayudando a solucionar
bastante de los problemas que le presentaban sus adversarios. La naciente
madurez lo ayudó tanto y tanto que Simón Casas le dijo que lo iba a hacer
debutar con caballos en la feria de primavera de Nîmes, pero este no cumplió con
su promesa y
le propuso la sin caballos. El niño Diamante Negro se enfureció y mandó al
carajo al nuevo y poderoso apoderado! Menudo error, pero hay que tener
compasión... señores empresarios, basta ya de moraleja, que el que esté libre de
pecado tire la primera piedra, y ustedes hoy en día, se han olvidado que
lloraban ríos para que los ayudaran, para que les dieran una oportunidad, y que
manifestaban quemando trajes de luz delante de la plaza de Nîmes para que les
permitieran torear en la plaza de su propia ciudad, y sobre todo de los pésimos
toreros que fueron.
A pesar del duro golpe, Diamante Negro cogió el teléfono y le pidió al
empresario de Arles, Hubert Yonnet que lo hiciera debutar en una novillada de su
propia ganadería, reputada por ser durísima, en la misma feria de Arles, de la
cual el chico salió bien, sin mas. Pero los merecidos éxitos que el mismo se
proporcionó sin la ayuda de nadie en el suroeste de Francia, lo propulsaron en
las cimas y Diamante Negro se mantuvo como el novillero taquillero que todos
querían ver. Luc Jalabert que todavía no tenía a nadie que proteger con certeza,
y por obligación, lo anunció después de haber destronado la vieja empresa, en la
novillada matinal de la feria de Pascua, enfrentándolo con El Lobo compañero de
toda la vida y con novillos de la Quinta. Por obvias razones de competencia y
por enfrentar en una misma novillada a dos arlesinos, uno de los dos tenía que
salir hecho polvo.
Diamante Negro ese día salió a hombros por la puerta grande, cortando tres
orejas y por lo mismo proclamándose por méritos propios, ¡máximo triunfador de
la feria!.
Curiosamente en los periódicos taurinos con artículos de pago, salía en la
portada otro torero, Juan Bautista, hijo del empresario, que proclamaban máximo
triunfador de la feria, con solo dos orejas.
Después llegaron otros triunfos resplandecientes, uno en el concurso
internacional de novilladas en el cual Diamante Negro cortó dos orejas a un
novillo de Zalduendo, en la placita de Saintes Maries de la Mer, delante de dos
"estrellas" mexicanas, quitándoles el brillo por siempre. El Diamante, la
verdadera joya, era el, y no tuvieron más remedios que anunciarlo en Nîmes tres
veces seguidas, feria de Septiembre, feria de Pentecostés del año siguiente y
feria de primavera del otro año. Pero en Saintes Maries de la Mer donde había
cortado las dos orejas nunca fue repetido. El Cuate y Jerónimo, los dos
mexicanos de los cuales se quería hacer la promoción, de pronto torearon casi
todas las novilladas de este curioso concurso de novilleros. Eso permitió que el
mismo Juan Bautista toreara unas cuantas novilladas en México.
Había intereses ajenos, y algunos hicieron que se hablara de otros toreros, como
si no hubiera lugar para varios, y de a poco lograron hundir a la estrella en un
abismo tan profundo que entendió que con tan solo el arte y el valor no se
podía.
Diamante Negro abandonó el toreo por falta de reconocimiento, por empeñarse
algunos empresarios en hundirlo, porque molestaba. Regresó a duras penas para
tomar la alternativa en la plaza de Mejannes, teniendo como padrino Fernando
Cepeda que vino no sin antes hacerse pagar el sueldo completo, la corrida la
montaba el padre del Lobo, Pierre Hernández, hombre de bien y mecenas de muchos
toreros arlesinos que acompaño hasta la alternativa, montando espectáculos para
que los niños puedan torear. Pierre Hernández siempre con la misma energía, la
misma ilusión ayudaba hasta enfrentarse con la realidad del mundillo. El testigo
de alternativa fue evidentemente el compañero de siempre, Charlie Laloe "El
Lobo" que entre tiempo se había hecho matador de toros en plaza de Arles.
Fue una de las últimas tardes de Diamante Negro, preso de un mercado sin piedad,
en el que no dudan en confundir al publico, haciéndole creer, ignorante y
bondadoso, que la fama lo es todo, para que se olvide del talento puro. Diamante
había nacido en el medio de la nada, y regresó a la nada, a pesar de un talento
innato, indiscutible e imprescindible después de haber tocado las nubes.
A mi hermano de camino Diamante Negro, por haber rifado un cuadro mió para que
compraras trastos, por guardar secretamente la medalla que un día, al desvestir
tu traje de torero en mi casa tras una novillada en Arles, dejaste caer en el
piso, por todos estos detallitos que nos regalaste en la plaza, en recuerdo de
nuestra amistad, de nuestros triunfos y de nuestras lágrimas, porque el arte y
los toreros son eternos.
Los justos, los valientes, los valiosos, pueden caminar con la cabeza alta y
puedes andar con el orgullo de haber sido figura del toreo... pero el que nunca
perdona, tiene destino cierto de vivir amargos recuerdos en su propio infierno.
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