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CURRO ROMERO

 

 

        Curro Romero (1935- ), matador de toros español. Durante su dilatada carrera despertó las emociones más puras, hondas y contradictorias que el toreo es capaz de generar.

Nació en el municipio sevillano de Camas el 1 de diciembre de 1935. Recibió la alternativa de manos de Gregorio Sánchez en Valencia el 18 de marzo de 1959, actuando de testigo Jaime Ostos y con toros del Conde de la Corte. La confirmó el 19 de mayo de ese mismo año, con ganado de Galache, alternando con los hermanos Pepe Luis y Manolo Vázquez. Curro fue testigo en la alternativa en Sevilla del hijo del primero, un finísimo torero, heredero de lo más depurado del arte de su progenitor, y del mismo nombre, el 19 de abril de 1981; el padrino fue el hermano, Manolo Vázquez.

Durante su trayectoria (en la que no faltó de los cosos ni una sola temporada) no fue el torero más cotizado, pero sí mantuvo una altísima cotización en las plazas más importantes y, circunstancia anómala donde las haya, el único que pese a sus tremendos fracasos, toreó donde y cuando quería. Siempre se le esperaba, como expresa el léxico taurino, “a plaza llena”; y, pese a su tan cantada indolencia, fue, como todos los toreros grandes en verdad, muy castigado por los toros y, en su caso, herido siempre en zonas de grave peligro. Llegó a ser también el matador que más veces salió por la Puerta Grande de la Monumental de las Ventas y por la Puerta del Príncipe de la Maestranza de Sevilla, las dos plazas donde más se le quiso y las dos más exigentes en la entrega de trofeos. Asimismo, fue también el que más veces abandonó el ruedo, sin humillación ni espantada, protegido por la fuerza pública. Y por último se trata del único —porque en esto ni siquiera Rafael de Paula le alcanzó—, al que bastaba plantar su nunca descompuesta figura para el cite, y tan sólo con ello enardecer a los públicos. Convirtió a su fe a los más agnósticos, detuvo los relojes de las plazas mientras interpretaba su personalísima forma de entender el toreo, desde las razones convulsas del arte, y reinó con un nombre que sólo a él puede ser aplicado: Faraón de Camas.

La cadencia y el ritmo de sus verónicas fueron inigualables, así como su media, muy sevillana, y sus lucidos remates. Jamás actuó al margen de los cánones, aunque fuera él quien definía sus rasgos. Con la muleta, desde el cite, siempre pecho afuera, hasta el remate, en el que se alzaba siempre su gallardía torera, suspendía el aliento e invitaba al olé encendido en lo hondo. La historia del arte de torear vivió un triste momento cuando, el 22 de octubre de 2000, anunció su retirada de los ruedos.

 


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