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ALTERNATIVA EN RONDA

EL TOREO DE ANTONIO ORDÓÑEZ

DINASTÍA ORDÓÑEZ

 

 

Nota.-  Al tratarse de una presentación de larga duración e incluir sonido puede tardar unos minutos en cargar en su ordenador

 

    El 9 de septiembre, en la Real Maestranza de Caballería de Ronda, Cayetano se convirtió en matador de toros.
En un mano a mano con su hermano Francisco, y sin testigo, tomó su alternativa en la 50 edición de la Corrida Goyesca que iniciara su abuelo, ante reses de Zalduendo.
Al hablar de su alternativa, Cayetano recordaba que su abuelo, esa gran figura del toreo que fue Antonio Ordóñez, le dijo a su hermano “hay tardes tan importantes para un torero en su vida, que no importa ni la vida”, y para él, el día 9 de septiembre, fue una de esas tardes.

Cayetano cortó dos orejas en el primer toro, una en el segundo y una en el tercero y salió a hombros.
Llegó el momento más importante de su carrera, después de despedirse como novillero en Bilbao, donde lidió en solitario seis reses de las ganaderías de El Pilar, Garcigrande y Torrealta, y cortó dos orejas.
Con la alternativa, Cayetano culmina su trayectoria de novillero que comenzó con su debut con picadores en Ronda un 26 de marzo de 2005, compartiendo cartel con Espartaco y su hermano Francisco. Desde entonces dos grandes temporadas le avalan como figura en la plaza, deparándole ésta última 49 festejos, 104 reses lidiadas, 77 orejas, de las cuales 21 son de faenas de dos orejas, y 2 rabos.

Por fin se convirtió en maestro, siguiendo la tradición de los suyos.

 

    Cayetano cortó cuatro orejas y salió a hombros de su plaza de Ronda, en loor de multitud, la tarde de su alternativa, la más feliz, sin duda, de su corta carrera taurina. La plaza, presa de euforia, lo aclamó como un dios joven, hacedor de la eterna felicidad de la mano de un toreo transfigurado en arte excelso. ¡Qué tarde para los anales! ¡Qué oleaje de sentimientos para los privilegiados que tuvieron la fortuna de ser testigos de una jornada ciertamente memorable!

En la plaza, dos hermanos, iconos del papel cuché, herederos de una estirpe torera de insoldables raíces; en la arena, las cenizas de su abuelo, Antonio Ordóñez; en las alturas, los espíritus de Paquirri, Cayetano Ordóñez, Dominguín y hasta el del mismo Pedro Romero, que se acercaría en fecha tan señalada. Y en los tendidos, ay en los tendidos, algunos, pocos, aficionados, y una escogida y variopinta representación de la España cañí; gente guapa, ajena casi toda ella a la fiesta de los toros (¡oh, qué horror!) pero entusiasta de los Rivera. Gente feliz, que se sintió importante por ser testigo de un acontecimiento singular. Porque lo sucedido ayer fue, por encima de todo, un acontecimiento social, con todos sus aditamentos, más que una corrida de toros.

Dicho lo cual, también es verdad que Cayetano demostró que es un torero distinto; que si lo respetan los toros, será lo que quiera ser. Posee cualidades para erigirse como gran figura o ser una anécdota pasajera. Cayetano es la elegancia; desprende aroma de torero caro. Tiene personalidad, clase y estilo, y torea despacio, gustándose, midiendo los tiempos, con parsimonia. No hubo faena redonda, pero sí retazos inconmensurables, preciosos, lentísimos y profundos, de los que hacen grande el arte del toreo.

El toro de la alternativa fue noble hasta el almíbar, y le permitió unos ayudados por alto de enorme calidad y un par de naturales inmensos de los que no se prodigan en el toreo actual. Sufrió hasta tres desarmes después de un comienzo elegantísimo. Los pases por ambas manos desprendieron majestuosidad, una trincherilla de ensueño y tres molinetes y unos ayudados finales henchidos de pureza. Veroniqueó de manera brillante al último, pero el escaso fuelle del animal le impidió realizar la faena grande que se presagiaba.

Los mismos mimbres tuvo su hermano y el resultado fue muy diferente. Hizo el esfuerzo con el quinto, el más encastado, y protagonizó momentos brillantes. Pero no estuvo a la altura de las circunstancias en los otros dos. Los veroniqueó de manera insulsa. Banderilleó de forma desigual, y bajó mucho con la muleta en las manos. Parece falto de motivación y se mostró precavido e incapaz de encauzar las embestidas.

Hubo muchas orejas. El público, demasiado entusiasta. El presidente, con el pañuelo flojo. Pero quedó la impresión de que ha nacido un torero distinto, con un sentido extraordinario del toreo más verdadero. Quién sabe lo que el destino le deparará, pero es verdad que le adornan condiciones especiales para esta profesión que él dignifica con sus andares, con su naturalidad, con su personalísima forma de mover los engaños, con las pausas, con los desplantes... En definitiva, con el toreo eterno.

 

 

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