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DINASTÍA BIENVENIDA

 

ANTONIO BIENVENIDA

(1922-1975)

“El temple es la calma, ese saberse recrear en la suerte.”

Antonio Bienvenida.

 

LA VOZ PROFUNDA DEL ESTILO

Mejores entre los mejores “de todo tiempo”, como dijo Cervantes, es este torero: torero único, torero sin otro. Nos dice Belmonte que lo importa en el toreo es que la íntima emoción del toreo traspase el juego de la lidia. Y esto lo vimos nosotros muchas veces viendo torear a este admirable torero. La profundidad de su estilo es incomparable. Se torea como se es. Y así toreaba Antonio con extraordinaria autenticidad.

Antonio Bienvenida fue un torero de escuela. Y aunque empezase muy joven, casi niño, su carrera, ésta la hizo formalmente, seriamente, por sus pasos contados; que es lo que tiene que hacer un buen torero; contar sus pasos. Ahora se nos habla con frecuencia de la monotonía del toreo actual, de la inacabable repetición de pases y más pases; y es que, ahora cuentan los pases y no los pasos.

Antonio Mejías Jiménez nace en Caracas el 25 de junio de 1922. Este admirable torero, es el número siete de los diestros del apodo Bienvenida, una gran familia de toreros entre los cuales su padre Manuel Mejías Rapela y sus hermanos Manolo y Pepe descollaron en la profesión.

Con estos antecedentes taurinos, Antonio empezó a actuar como becerrista en 1936, presentándose en la plaza de Madrid al término de la guerra civil (3 de agosto de 1939) para estoquear novillos de Terrones con Joselito de la Cal y Rafael Ortega Gallito.

En 1941 empieza su marcha ascendente que tiene su principal escenario en la plaza de Sevilla, de la que sale triunfador cuatro de las cinco tarde en que actúa. Ese mismo año realiza en Madrid una fabulosa faena recordada por los buenos aficionados como “la de los tres pases cambiados”.

Entre triunfos resonados y cogidas graves, toma la alternativa en Madrid el 9 de abril de 1942 de manos de su hermano Pepe con toros de Mihura . El 26 de julio de ese mismo año, en la plaza de Barcelona, sufre una gravísima cornada al instrumentar su célebre pase cambiado.

A partir de su actuación en Madrid como espada único en la corrida del Montepío de Toreros, para entendérsela con seis reses de Galache, en la que obtuvo un triunfo colosal, surge otro Antonio Bienvenida haciéndose su toreo más profundo y menos espectacular.

Recordemos también ahora la corrida de seis toros de su despedida en Madrid, en octubre de 1966,  en que todo absolutamente todo, le salió bien. Pero su retirada no pudo ser mantenida. En 1971 reaparece en Madrid, dando un curso de buen torear.

Ya fuera de los ruedos, pero siguiendo su línea de toreo actúa en muchos tentaderos y el 4 de octubre de 1975, en la finca del Escorial de doña Amalia Pérez Tabernero es cogido por detrás por la vaquilla llamada “Conocida”, produciéndole gravísimas lesiones de vértebras de las que fallecería al atardecer del día 7 en la madrileña clínica La Paz. Al día siguiente, a las cinco de la tarde, en la Plaza de las Ventas, su féretro da su última vuelta al ruedo.

Antonio decía el toreo. El toreo se dice cuando se hace. Y no al revés. Porque el hacerlo siempre depende del toro. Este hacer el toreo va unido a su decir. Me explicaré. Se puede, aparentemente al menos, no torear bien , no hacer bien el toreo y decirlo admirablemente. El toreo que se hace bien y se dice mal no deja huella ninguna imaginativa en nuestro recuerdo.

Las figuras del toreo , como Antonio Bienvenida, lo fueron por su decir el toreo precisamente; por su poderosa personalidad figurativa en la plaza. Antonio hacía el toreo, bien o mal, pero lo decía con personalidad propia. En todas y cada una de las suertes, Antonio no solamente hacía el toreo, sino que lo decía, y lo decía con estilo propio: con singular y particularísimo estilo o forma de decirlo. Un torero no vale solamente por su escuela, sino, quizá únicamente, por su estilo. El único valor torero es el estilo. Y el estilo no es el torero, sino el toreo mismo. Y como dijo el poeta: “Lento, muy lento, muy fiel, / perpetuizaba los pases / perpetuizándose él”.

 

Muere Ángel Luis, desaparece la histórica dinastía Bienvenida

 

    A las tres de la madrugada del 4 de febrero de 2007 murió, a los 82 años, Ángel Luis Bienvenida, el último eslabón de la dinastía. Su muerte arrastra y atraviesa tres siglos de historia. Durante toda la jornada el mundo del toro mostró sus condolencias a su viuda Carmen y a sus hijos Rafael, Miguel, Carmencita, Álvaro y Luis. De la familia directa de El Papa Negro sólo sobrevive Carmen Pilar, la única mujer de siete hermanos —Manolo, Pepote, Antonio, Rafael, Ángel Luis y Juanito—, y todos fueron toreros, cinco de  ellos matadores de toros. Hoy será enterrado en el panteón dinástico de la Sacramental de Santa María a las doce y media del mediodía, y el funeral se celebrará el próximo 7 de febrero.

 

    La génesis los Bienvenida se sitúa en el pueblo extremeño de Bienvenida, donde nacieron su abuelo Manuel Mejías Luján, a finales del siglo XIX, y su padre, Manuel Mejías Rapela, conocido desde sus tiempos de gloria como El Papa Negro, real constructor de la dinastía, la más importante junto a la de los Dominguín del siglo XX, con quienes compartían una amistad mucho más allá de la rivalidad que se creó en la mente de los aficionados. Cada casa contaba con una «sede» en Madrid: los seguidores los hijos de don Domingo —Dominguito, Pepe y Luis Miguel— hacían causa en la cervecería «Alemana» de la Plaza de Santa Ana; los partidarios bienvenidistas centralizaban sus tertulias en la taberna «Casa Puebla» y en la cafetería «Galatea» de la actual calle de Príncipe de Vergara. Hasta allí, en los días de triunfo en Las Ventas, en el número 3, en su domicilio, donde hoy una placa recuerda a la dinastía, la afición llevaba a hombros a Antonio, por ejemplo, en cualquiera de las doce veces que abrió la Puerta Grande. Y precisamente desde allí partió, qué paradoja, su cortejo fúnebre en 1975, en el más tumultuoso entierro que se recuerda de un torero en la capital de España. 

   

    Ángel Luis vio la luz en Sevilla el 2 de agosto de 1924. Tras cuatro temporadas vistiéndose de luces, debutó en Madrid como novillero el 25 de julio de 1943, con ganado de Muriel y con José Parejo y Pepe Dominguín de compañeros. Obtuvo un gran triunfo que repitió el 8 de agosto siguiente y en varias actuaciones en Barcelona, realizando así una gran carrera en el escalafón inferior.

Toreó ese invierno en Venezuela y Colombia y tomó la alternativa —entonces inválida en España— en Bogotá. Se doctoró en Madrid el 11 de mayo de 1944, junto a sus hermanos Pepe y Antonio, con toros de Arturo Sánchez Cobaleda. Ángel Luis actuó ese año en la Corrida de Beneficencia con Manolete, su

espejo, e hizo el paseíllo en veinte ocasiones, pero su afición comenzó a mermar y los contratos empezaron a escasear a partir del año siguiente: tres corridas en 1945, tres en 1946, 10 en 1947, 8 en 1948, y 4 en 1949, temporada en la hizo el paseíllo en el velódromo de París, junto a Julio Pérez «Vito». Tras un «exilio» voluntario en la Amazonía, toreó dos corridas en Colombia en 1957, y a su regreso apoderó a sus hermanos Antonio y Juan, a Victoriano de la Serna (hijo), José María Clavel, Antonio Ordóñez, Manolo Cortés, Curro Vázquez, Julio Robles y Curro Rivera, entre otros.

 

    Ángel Luis fue el noveno miembro de una dinastía de once toreros. Su abuelo Manuel Mejías Luján fue un banderillero de tronío de los finales del siglo XIX y tuvo dos hijos toreros: Manuel y José Mejías Rapela. El primero fue matador de toros, con alternativa en Zaragoza, en 1905, de manos de El Algabeño, y el  segundo, banderillero. Manuel Mejías Rapela, conocido como El Papa Negro a raíz de una crónica de Don Modesto, que lo equiparaba con el máximo mandatario de los jesuitas, estaba a punto de alcanzar la categoría de figura cuando el 10 de julio de 1910 el toro «Viajero» de Trespalacios le partió su carrera en la plaza vieja de Madrid. Toreó hasta entrados los años veinte.

   

    Los seis hijos de El Papa Negro fueron toreros, y cinco de ellos matadores: Manolo, Pepe, Rafael — que no pudo pasar de becerrista por su trágica muerte en 1933 en el sevillano cortijo de «La Gloria»—, Antonio, Ángel Luis y Juanito. Todos nacieron en Sevilla —Manolo en Dos Hermanas—, menos Pepe y Antonio, que lo hicieron accidentalmente en Madrid y Caracas. Manolo y Pepote comenzaron en una cuadrilla de niños toreros en América. El primero pasó directamente de becerrista a matador de toros, tomando la alternativa en Zaragoza en 1929. Se puso en figura por su poder, y rivalizó con el gran Domingo Ortega. El 31 de mayo de 1938, con 25 años, falleció en San Sebastián de un quiste hidatídico, aunque parece ser que fue un cáncer encubierto.

Pepote fue un sobrio lidiador, buen estoqueador en los momentos clave y excepcional banderillero.

Tomó la alternativa en 1931 en Madrid de manos de Nicanor Villalta y se hizo imprescindible para encabezar los carteles en los años cuarenta. El 2 de octubre de 1957 se retiró en Úbeda. Un infarto dio fin a su vida en Lima el 3 de marzo de 1968, en un festival. Nunca visitó una enfermería en su carrera.

 

    Antonio fue uno de los toreros de más vigencia en el tiempo. Nació el 22 de junio de 1922 y empezó a torear de novillero antes de terminar la guerra civil. Se presentó en Madrid el 3 de agosto de 1939 y se consagró en la misma plaza el 18 de septiembre de 1941 con su histórica faena de los tres pases cambiados al novillo «Naranjito», de Antonio Pérez. Tomó la alternativa al año siguiente, el 9 de abril, de manos de su hermano Pepe y con toros de Miura. La cornada sufrida esa misma temporada en el mes de julio en Barcelona, ejecutando el famoso pase cambiado, le cortó el principio de lo que sería una larga y brillante carrera, en la que fue el torero predilecto de Madrid por excelencia. Empalmó la época de Manolete y Pepe Luis hasta los sesenta de Ordóñez y El Cordobés. Se retiró el 16 de octubre de 1966, matando seis toros, por enésima vez, en Madrid. Reapareció en 1971 y se despidió

definitivamente en Vistalegre en 1974. Falleció el 7 de octubre de 1975 a los 53 años a causa de una fractura de cuello que le causó la vaca «Conocida», de Amelia Pérez Tabernero cuando aleccionaba a Miguelón, hijo de Ángel Luis, una promesa inmejorables condiciones. Pero, como se dice en el toro, no

pudo ser.

   

    Juanito, el más joven de los matadores de la dinastía, tuvo un gran arranque en Barcelona como novillero. Repetidas cornadas consecutivas y la mala suerte en Madrid le impidieron volar más alto: un miura lo dejó prácticamente cojo. Volvió en 1954 y tomó la alternativa en Barcelona en 1955, de manos de César Girón. Toreó hasta 1964. Murió con setenta años el 30 de mayo de 1999, víctima de una leucemia. Fue el penúltimo en partir.

 

 


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