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ANECDOTARIO COSSIO

Anecdotario Taurino recopilado por D. Jose Mª de Cossio

 

    Siendo pequeño el príncipe don Felipe corrían unos toros en la Corredera, de Valladolid, y como arremetiese un toro tras un hombre frontero de la ventana do él estaba, haba miedo y estremecióse.

La emperatriz, muy acongojada, dijo:

-Por cierto que temo que este niño ha de ser cobarde.

Respondió el doctor Villalobos:

-No tenga V. M. miedo, que en verdad cuando yo era pequeño que era el mayor judihuela de la vida, y de cada cosa temía, y ahora ya veis lo que hago, que no dejo nadie que no mate.

(Libro de chistes, por Luis de Pinedo.)

 

    En Valladolid, en unas fiestas, entró en la plaza a lidiar los toros un mozo de plata del duque de Sesa, borgoñón.  No era tan diestro como fuera menester, y cogióle un toro y zamarreóle poderosamente, aunque tuvo dicha de escapar sin lesión notable.

Preguntáronle después en casa qué sentía cuando le echaba en alto el toro, y respondió:

-Yo estaba turbado y sólo oía el rumor de la gente y los gritos que decían: «¡Jesús!, ¡Jesús!, Dios te ayude.»

Y decía yo entre mí: «Sin duda que a alguno ha cogido el toro.»

(Cuentos recogidos por don Juan de Arguijo.)

 

    De los Veras, de Cádiz, fué aquel famosísimo aficionado a quien, como un novillo le mechase el revés del vientre, dejándole maltrecho, dispuso en el testamento que le enterrasen boca abajo para que siempre se viera la gloriosa herida.  El tal, que tenía un humor comparable con el de don Francés de Zúñiga, bufón de Carlos V, decía a su pobre mujer, cuando él ya se encontraba embarcado para el otro mundo:

-¡Hija mía, no te cases! Veras hay muchos; pero no encontrarás un toro que te mate el segundo marido.

 

(El espectáculo más nacional, por el conde de las Navas.)

 

    Solo (Melchor Calderón) con su mal modo de explicarse supo definirse, la primera vez que lo llamaron a Madrid. Repreguntábanle que cuál cosa particular hacía, para ponerla en los carteles.  Y después de apocarse en el informe, satisfizo a la instancia con la andaluzada:

-Pues pongan ustedes todo lo que han visto en otros, y que ya los toros están muertos.

            (Precisos manejos..., por don José Daza.)

 

Un toricantano, un día,

entró a dar una lanzada,

de un su amigo apadrinado;

airoso, terció la capa,

galán, requirió el sombrero,

y, osado, tomó la lanza

veinte pasos del toril.

Salió el toro, y cara a cara

hacia el caballo se vino,

aunque pareció anca a anca;

porque el caballo y el toro

murmurando a las espaldas,

se echaron dos melecinas

con el cuerpo y con el asta.

Calló el caballero encima

del toro; sacó la espada

el tal padrino, y por dar

al toro la cuchillada,

al ahijado se la dió.

Y, siendo de buena marca,

levantóse el caballero

preguntando en voces altas:

-¡,Saben ustedes a quién

este hidalgo apadrinaba~

¡,A mí o al toro~ Y ninguno

le supo decir palabra.

(No hay burlas con el amor, jornada III, escena IV, por don Pedro Calderón de la Barca.)

 

Cuando Cúchares se metió a ganadero, por cierto con lastimoso resultado, dijo un día al duque de Veragua:

-Ahora va a vé vuesensia lo que es criá güenos toros.

Y el duque, encogiéndose de hombros, le contestó:

-Desengáñate, Curro, las vihuelas nunca las han hecho los tocadores.

(Hechos y dichos, por Don Ventura.)

Ayer un caballerito,

y tan lindo como un oro, matar pretendía un toro, como si fuera un cabrito;

muy curioso y peinadito

salió con gran lacayada, y siendo caña delgada

el rejón no le clavó,

al caballo le mató

y al toro no le hizo nada.

(Ramillete poético, por don José Tafalla Negrete.)

 

Sucedió al famoso torero Pedro Amedo, en una corrida de Castilla, que le provocó un ignorante, temerariamente porfiado, con apuestas sobre cuál de los dos había de aguardar mejor a un toro. Sofocado de la impertinencia, se convino y salió el Pedro a uno bravamente guapo; hízole muchas y reunidas suertes hasta verle rendido, y retiróse.

Y el otro, a lo socarronazo, le dijo:

-Ya hemos visto a vuestra merced; deje aquietar el toro y me verán a mí.

Ya que hubo descansado el toro, se fué el zanguango a los medios de la plaza; le partió, y sin moverse ni a la capa se lo echó el toro por encima y trajo por debajo, que a no habérselo quitado el Pedro Arnedo soltaría allí la piel aquel temerario. Y a los convencimientos que le hacían los otros y el Arnedo, satisfizo: que él había ganado la apuesta, la cual había sido sobre quién aguardaba mejor, y no de quien mejor torease; con lo que se convino el Arnedo y le pagó.

(Precisos manejos..., por don José Daza.)

 

A Romero con fortuna

le regalan el bolsillo,

y a Costillares con versos,

tan solamente, el oído.

Aquél saca más de Creso

que éste de Homero y Virgilio,

que a quien protegen poetas

nunca puede morir rico.

(Colección de los epigramas..., por don Francisco Gregorio de Salas.)

 

Una señora española, huyendo de Madrid en ocasión en que el cólera hacía estragos, fué a Barcelona en la diligencia en que se encontraba Sevilla, que iba a la misma ciudad para una corrida anunciada con mucha anticipación. Durante el camino, la cortesía, la galantería, las atenciones de Sevilla no se desmintieron un solo instante. A las puertas de Barcelona, la Junta de Sanidad, necia como todas, anunció a los viajeros que tendrían que hacer una cuarentena de diez días, excepto Sevilla; su presencia era demasiado deseada para que las leyes sanitarias le fuesen aplicables; pero el generoso picador desechó enérgicamente aquella excepción, tan ventajosa para él.

 -Si la señora y mis compañeros no son admitidos a libre plática -dijo resueltamente-, no picaré.

Entre el temor al contagio y el de perder una buena corrida, no había duda. La Junta cedió; hizo bien, porque si se hubieran obstinado el pueblo hubiera quemado el lazareto con el personal dentro.

 (Lettres d'Espagne..., por Próspero Merimée.)

 

Se cuentan por los antiguos lidiadores que he tenido ocasión de tratar varias anécdotas en abono de la generosidad, decoro y chistosas ocurrencias de [Roque] Miranda... Ofuscado una vez con un toro huído, pegado a los tableros, tapándose de las suertes, y bastante entero todavía para una peligrosa colada, Roque le pinchó nueve o diez veces bregando sin fruto en torno del animal. El presidente mandó sacar la media luna, y como un banderillero hiciese notar esta circunstancia al matador, replicó éste despechado:

-¡Ojalá viniera hasta la Puerta Otomana!

(Anales del toreo, por José Velázquez y Sánchez.)

 

Habiéndole hecho a Manuel Díaz (Lavi) el reputado sastre de Sevilla, Borrajo, un traje grana y plata para torear en la feria de Pamplona, le estrenó, efectivamente, en aquella plaza, y siendo los bichos que le tocaron matar en las dos corridas de condición incierta y revoltosa, sufrió una serie de coladas y acosones, pudiendo salvar el cuerpo por verdadero milagro. A los pocos días

regresó a Sevilla, y atribuyendo el peligro que había corrido al llamativo traje, que era del mismo color que la muleta, le decía al sastre:

-Maestro, me vistió usté de muleta, y en cuanto me filaban los toros se alegraban cormigo como si fuera con uno e su familia. 

(Lances de capa, por Luis Carmena y Millán.)

 

En cierta ocasión el célebre Cúchares luchaba en la plaza de Sevilla con un miura que, según la propensión de los de su casta, se le había entablerao, y le hacía pasar las penas negras.

El circo estaba silencioso, porque el bicho era de cuidado y el diestro sudaba la gota gorda, cuando una voz sonora y vibrante salió de la masa viva del tendido de sombra, dejando escuchar a todos distintamente estas palabras:

-¡Zeñor Curro, qué tiempos aquéllos!

Cúchares levantó los ojos con curiosidad suma; pero solicitado por un movimiento del toro, volvió de nuevo a la faena, mientras resonaba por segunda y tercera vez el estentóreo grito:

-¡Qué tiempos aquéllos, zeñor Curro!

Incomodado el diestro por tan repetida exclamación, echóse con rabia la montera hacia atrás, y levantando la cabeza dijo entre provocativo y confuso:

-¡Vamos a ver, hombre!..., ¿qué tiempos eran ésos?

A lo que contestó el de las voces sorna truhanesca y reposado acento:

-¡Toma, toma!  ¿Qué tiempos han de ser, zeñor Curro?....¡Aquellos... en que empezó usté a matá ese toro!

(La tierra de María Santísima, por Benito Más y Prat.)

 

 

 

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